LO QUE PASA EN EL MUNDO: UNA PERSPECTIVA DESDE LA FE
Viernes, 7 de agosto de 2026 — Posesión del Presidente de la República en Cali
Hoy, viernes 7 de agosto de 2026, Colombia asiste al cambio de mando presidencial. La ceremonia se realiza en nuestra ciudad, en Cali, en un contexto que los periódicos describen con adjetivos que ya conocemos: polarizado, dividido, tenso. La diferencia en las urnas fue del 0,96 %. Casi la mitad del país votó por quien hoy deja el poder; casi la otra mitad, por quien hoy lo asume.
Los editoriales de la mañana hablan de desafíos institucionales, de protestas convocadas, de una buseta con explosivos neutralizada horas antes del acto. Las redes sociales de Cali arden con hashtags encontrados, con videos de cacerolazos y contracacerolazos, con profecías de cataclismo y con euforias messiánicas.
En medio de todo esto, la Iglesia celebra la feria de la XVIII semana del Tiempo Ordinario, y el Evangelio nos regala un texto que no podría ser más oportuno: Mateo 16, 24-28.
«Si alguno quiere venir en pos de mí —dice Jesús a sus discípulos—, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga». No es un discurso para las multitudes: es para los que ya decidieron creer. Y nosotros, bautizados, estamos en esa posición. No podemos mirar la jornada de hoy con los ojos del comentarista político, ni con la indiferencia del que «no se mete en eso». Tenemos que mirarla con los ojos del Evangelio. Y el Evangelio es exigente.
El verbo griego es ἀπαρνέομαι (aparneomai), compuesto de ἀπό (separación) y ἀρνέομαι (negar). En aoristo imperativo medio —ἀπαρνησάσθω— indica una renuncia puntual, definitiva, total. No es «vaya controlándose»: es «niéguese de una vez».
¿A qué nos pide renunciar hoy? A la idolatría política. A la tentación de convertir al presidente —entrante o saliente— en mesías o en demonio.
San Agustín, en La Ciudad de Dios, enseña que la paz terrena es un bien legítimo pero limitado: «La paz del cuerpo es la ordenada concordia de sus partes; la paz de la ciudad es la ordenada concordia de los ciudadanos». Pero añade que ninguna paz terrena satisface el corazón humano, hecho para la paz de Dios. El cristiano que espera del Estado lo que solo Dios puede dar ha perdido ya su ψυχή, su sentido.
«Tome su cruz», dice Jesús. El σταυρός (stauros) no era, antes de Cristo, símbolo de redención: era patíbulo de ejecución infamante, reservado a esclavos y rebeldes. Para un judío, implicaba maldición divina (Dt 21, 23). Jesús no pide que elijamos nuestra cruz: pide que aceptemos la que nos toca por estar con Él.
Hoy, para muchos colombianos, la cruz es la incertidumbre. El campesino del Cauca que teme perder su tierra; el joven de Aguablanca que no encuentra trabajo; la madre soltera de Siloé que no llega a fin de mes; el opositor que teme ser perseguido; el policía que debe garantizar el orden sin violar la dignidad. La cruz del cristiano no es elegir el sufrimiento: es no huir del sufrimiento del prójimo.
Como decía S. León Magno en su Sermón 51 sobre la pasión: «El Señor no prometió a sus seguidores cosas agradables en esta tierra, sino la paz en el cielo y la gloria en la eternidad». Pero también prometió estar con nosotros «todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). La cruz no es solitaria: es compartida.
«Sígueme», dice Jesús, en presente imperativo: ἀκολουθείτω (akoloutheitō). Es un mandato durativo, no puntual. El seguimiento no es un acto de campaña electoral: es una permanencia. El cristiano que sigue a Jesús no puede odiar al hermano que votó distinto. No puede alegrarse del sufrimiento del derrotado, ni idolatrar al vencedor. Tampoco puede quedarse en la indiferencia.
San Juan de la Cruz, en la Noche oscura, enseña que la purificación pasiva es la forma más profunda de «tomar la cruz»: Dios mismo dispone las circunstancias para llevar al alma a la unión. La polarización de hoy puede ser, para el cristiano, una noche oscura que purifica: nos quita la ilusión de que la política salvará el mundo, y nos deja solo con Dios.
Pero el Evangelio de hoy no termina en la cruz. Termina en la promesa: «El Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta» (Mt 16, 27). La palabra griega es πρᾶξις (praxis): no la obra aislada, sino la conducta entera. Dios no juzga según el voto de junio, sino según la vida de cada día.
Esa es la buena noticia: la historia no se cierra con un gobierno, por bueno o malo que sea. Se cierra con Cristo. Y mientras tanto, nosotros tenemos que construir, en medio de la grieta, puentes de caridad.
¿Cómo? Orando por el presidente entrante, como manda la Escritura: «Rueguen por los reyes y por todos los que ocupan cargos de responsabilidad, para que podamos vivir una vida tranquila y serena, con toda piedad y dignidad» (1 Tm 2, 2). Orando por el presidente saliente, para que encuentre paz. No difundiendo el odio en las redes, porque «la muerte y la vida están en poder de la lengua» (Pr 18, 21). Acompañando al pobre, sin preguntar por quién votó. Y sobre todo, manteniendo viva la esperanza cristiana: «Sí, tengo esperanza —dijo Benedicto XVI en su última audiencia—, porque Dios no me ha abandonado».
Hoy, desde la Parroquia San Pablo VI, no tomamos partido por un gobierno contra otro. Tomamos partido por el Evangelio. Y el Evangelio nos dice: niéguese, tome su cruz, sígame.
Que nuestra ciudad, Cali, sea hoy ejemplo de civismo y de oración, no de violencia. Que ningún colombiano sea perseguido por su pensamiento. Que la protesta sea pacífica y la autoridad sea respetuosa. Y que nosotros, los bautizados, no perdamos el alma ganando el mundo.
Que San Lorenzo, mártir de Roma cuya fiesta celebramos en estos días, interceda por Colombia. Él, que entregó los bienes de la Iglesia a los pobres y su vida a la verdad, nos enseña que la verdadera riqueza no se atesora: se dona.
Que nuestra patria aprenda a donarse, aunque cueste. Que el Señor camine sobre las aguas tormentosas de nuestra historia, y que nosotros, como Pedro, tengamos el valor de bajar de la barca segura para seguirlo.
Voces usadas en este texto, con translitteratio, origo et glosa.
Origo: Griego bíblico, compuesto de ἀπό (separación) + ἀρνέομαι (negar).
Glosa: Verbo que significa ‘negarse a sí mismo, renunciar a sí mismo’. En aoristo imperativo medio (ἀπαρνησάσθω), indica una decisión puntual y total. No es autodestrucción, sino des-centramiento del yo para hacer espacio a Cristo. Es la primera condición del discipulado en Mt 16, 24.
Origo: Griego bíblico, de ἀκόλουθος (seguidor).
Glosa: ‘Seguir, ir detrás de’. En presente imperativo (ἀκολουθείτω), denota permanencia en el seguimiento de Cristo. No es imitación externa, sino compartir el camino, la fatiga y el destino del Maestro.
Origo: Del latín polaris, relativo a los polos.
Glosa: División extrema de una comunidad en bandos enfrentados, donde desaparece el diálogo y se impone la descalificación. En la vida cristiana, es tentación contraria a la comunión eclesial y a la caridad fraterna.
Origo: Griego bíblico, de πράσσω (hacer, obrar).
Glosa: ‘Conducta, práctica, acción moral’. En Mt 16, 27, Dios retribuirá ‘a cada uno según su praxis’. No se juzga por una obra aislada ni por el estatus, sino por el conjunto de actos que configuran la vida moral del hombre.
Origo: Griego bíblico, de la raíz σταυρ- (erigir, clavar).
Glosa: ‘Poste, estaca, cruz’. En el mundo romano, instrumento de ejecución infamante reservado a esclavos y rebeldes. Para un judío, implicaba maldición divina (Dt 21, 23). Jesús transforma el símbolo de muerte en emblema de redención.
Origo: Griego bíblico, de la raíz ψυχ- (soplar, respirar).
Glosa: ‘Alma, vida, aliento, yo profundo’. Término polisémico que juega en Mt 16, 25-26 con la ambigüedad entre vida biológica y vida espiritual. La traducción latina ‘anima’ y la castellana ‘alma’ no capturan toda la riqueza del término griego.
«Qui perdiderit animam suam propter me, inveniet eam.»
El que pierda su vida por mí, la encontrará.
— Matthæus 16, 25
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