Entrega II · 20 de octubre de 2026

Pila bautismal medieval de mármol con cruces y tallos de vid.
Pila bautismal del sur de Italia, 1137. The Met. Imagen del archivo: el bautismo, raíz común de la vida cristiana.

Roma, Corinto y Éfeso; mediados del siglo I.

Una pareja que cambia de ciudad, comparte un oficio y abre su casa ocupa un lugar decisivo en los comienzos cristianos. Priscila y Áquila no aparecen en el Nuevo Testamento mediante una biografía completa. Los encontramos en desplazamientos, encuentros y saludos. Precisamente esas menciones permiten descubrir una trama que las historias centradas únicamente en grandes predicadores dejan en segundo plano: personas que trabajan, enseñan, alojan y sostienen comunidades.

La Iglesia católica los recuerda como santos el 8 de julio. Son figuras del cristianismo apostólico cuya veneración no procede de una canonización moderna. Su memoria invita a estudiar una forma de santidad conyugal y comunitaria sin inventar los detalles de una intimidad que las fuentes no nos han transmitido. Vatican News, memoria de Áquila y Prisca.

Una historia atravesada por el desplazamiento

Hechos sitúa el encuentro con Pablo en Corinto. Presenta a Áquila como judío originario del Ponto, llegado de Italia con su esposa Priscila después de que Claudio ordenara la salida de los judíos de Roma. El dato introduce una realidad incómoda: la misión cristiana también creció entre personas afectadas por decisiones del poder que trastornaban su residencia y su trabajo. No sabemos cómo organizaron la partida, qué perdieron ni qué recursos conservaron. Hch 18,1–2.

Benedicto XVI sitúa el encuentro con Pablo a comienzos de los años cincuenta. En su catequesis distingue el origen conocido de Áquila de la procedencia probable de Priscila. Esa diferencia merece conservarse: sus nombres latinos no permiten reconstruir por sí solos toda su identidad familiar. Tampoco debe suponerse que cualquier persona llamada Prisca en una tradición romana sea necesariamente esta misma mujer. Benedicto XVI, audiencia del 7 de febrero de 2007.

Las ciudades no son simples decorados. El relato relaciona la salida de Roma, el trabajo en Corinto y el establecimiento en Éfeso. En ese desplazamiento se cruzan poder imperial, economía doméstica y anuncio religioso. La movilidad puede abrir encuentros, pero no por ello deja de tener costes. Leer la providencia en una trayectoria no obliga a llamar buena a la injusticia que pudo desencadenarla.

El oficio compartido

Pablo se queda con ellos porque ejercen el mismo oficio, traducido habitualmente como fabricación de tiendas. Hechos vincula explícitamente convivencia y trabajo. No describe un taller, su tamaño, sus clientes ni la división de tareas entre los esposos. Es suficiente para afirmar una colaboración laboral, no para imaginar una empresa próspera o una pobreza extrema. Hch 18,3.

El trabajo manual permite mirar a estos protagonistas fuera de una oposición demasiado simple entre actividad religiosa y actividad ordinaria. Francisco, al comentar este encuentro, relaciona el trabajo de Pablo con su testimonio y su voluntad de no cargar innecesariamente sobre las comunidades. Lo cotidiano sostiene materialmente la misión; no es solo el tiempo sobrante entre dos actos religiosos. Francisco, audiencia del 13 de noviembre de 2019.

Esta lectura tiene una consecuencia pastoral: no conviene presentar a los laicos como cristianos útiles únicamente cuando dejan su ocupación para ayudar a quienes tienen un ministerio. La capacidad profesional, el uso de los bienes, la responsabilidad con otras personas y la hospitalidad forman parte de una existencia cristiana. El caso de esta pareja muestra colaboración con Pablo sin reducir sus vidas a una función auxiliar sin identidad propia.

Una mujer que también enseña

En Éfeso, Priscila y Áquila escuchan a Apolo, un judío de Alejandría descrito como conocedor de las Escrituras y fervoroso. El relato reconoce sus cualidades y, a la vez, indica una formación incompleta: conoce el bautismo de Juan. Ambos esposos lo acogen y le explican con mayor precisión el camino de Dios. Apolo aparece así como alguien capaz de enseñar y de aprender. Hch 18,24–26.

El pasaje atribuye la acción a los dos. Borrar a Priscila de esa enseñanza contradice el relato; convertirlo en prueba de que ella dirigía en exclusiva la comunidad va más allá de lo que dice. Su nombre aparece antes que el de Áquila en este episodio y en Romanos 16, mientras que Primera Corintios 16 presenta el orden inverso. Esa variación puede suscitar preguntas sobre su relieve, pero no establece por sí sola una jerarquía matrimonial o un cargo eclesial determinado. Hch 18,26; Rm 16,3; 1 Co 16,19.

La escena contiene una corrección, pero no una humillación pública. La autoridad intelectual de Apolo no lo hace autosuficiente. La contribución de Priscila tampoco necesita exageraciones para resultar importante: una mujer participa activamente en la formación de un predicador. El relato permite reconocer ese hecho sin adjudicarle títulos que no utiliza.

Un litigio ante Galión

El mismo capítulo de Hechos contiene un conflicto jurídico real dentro de la narración. En Corinto, ciertos adversarios judíos llevan a Pablo ante el procónsul Galión y lo acusan de inducir a un culto contrario a la ley. Galión distingue lo que consideraría un delito del desacuerdo sobre palabras, nombres y la ley de los acusadores, y rehúsa juzgar el caso. Después, Sóstenes es golpeado ante el tribunal, sin que Galión intervenga. Hch 18,12–17.

No estamos ante una declaración moderna de libertad religiosa. El relato muestra un magistrado que delimita su intervención y cuya indiferencia no impide una agresión. Tampoco autoriza a convertir a todo el pueblo judío en perseguidor: Áquila, Pablo y Apolo forman parte del mundo judío que la propia narración presenta. Se trata de un conflicto situado, contado por un autor cristiano, no de una esencia inmutable de una religión.

El efecto inmediato, según Hechos, es que la acusación no obtiene la condena buscada. No se conserva aquí una transcripción independiente del procedimiento ni se presenta a Priscila o Áquila como litigantes. Su vínculo con Pablo hace relevante el contexto, pero no permite atribuirles actuaciones judiciales que el texto no menciona.

Una comunidad reunida en casa

Primera Corintios transmite los saludos de la pareja y de la comunidad que se reúne en su casa. Romanos contiene otro saludo semejante. Estos testimonios sitúan el hogar dentro de la vida eclesial y muestran que una carta podía conectar grupos separados por grandes distancias. No conocemos el plano de esas viviendas, su capacidad ni quiénes participaban en cada reunión. 1 Co 16,19–20; Rm 16,3–5.

Benedicto XVI interpreta esta hospitalidad en relación con la escucha de la Palabra y la celebración eucarística. La casa contribuye al crecimiento de una Iglesia que todavía no posee la configuración material de una parroquia posterior. Sin embargo, reunir personas bajo un mismo techo no garantiza ausencia de desigualdades ni unanimidad: la comunión debía construirse. Benedicto XVI, audiencia del 7 de febrero de 2007.

Colaboradores, no propietarios de la fe

Las disputas de Corinto ayudan a comprender esa dificultad. Pablo denuncia adhesiones enfrentadas a distintos predicadores, entre ellos él mismo y Apolo. Su respuesta no consiste en negar los trabajos de cada uno, sino en subordinarlos a Dios, que hace crecer la comunidad. El argumento desactiva la apropiación partidista de una persona: quien enseña sirve a una obra que no le pertenece. 1 Co 3,4–9.

No debe concluirse que Apolo organizara deliberadamente una facción contra Pablo. La carta describe divisiones entre los creyentes; además, Pablo cuenta que lo había animado a volver a Corinto. Estos dos datos impiden fabricar una rivalidad personal donde la evidencia no la establece. 1 Co 16,12.

En Romanos, Pablo agradece a Priscila y Áquila que arriesgaran la vida por él. El episodio concreto no está identificado. Sabemos la gratitud y el peligro evocado; ignoramos los pormenores. La ausencia de detalles no disminuye el testimonio, pero impide narrar un rescate como si hubiéramos presenciado la escena. Rm 16,3–4.

La santidad que emerge de estos fragmentos tiene forma de colaboración: trabajar, ofrecer espacio, aprender, enseñar y asumir riesgos por otro. No exige borrar a la mujer detrás del marido ni disolver el matrimonio en una imagen sin conflictos. Tampoco convierte a la pareja en héroes aislados: forma parte de una red en la que muchos nombres, mujeres y hombres, reciben agradecimiento.

Para conversar y orar. ¿Reconocemos a quienes sostienen la comunidad con su trabajo y hospitalidad? ¿Permitimos que nos enseñen personas que no ocupan el lugar desde el cual esperábamos aprender? Señor Jesús, libra nuestro servicio del afán de poseerlo y haz de nuestras relaciones un lugar donde otros puedan crecer.