
Historia de la liturgia cristiana · Entrega V · 23 de octubre de 2026
El bautismo, la oración y la mesa que Justino presentó ante lectores ajenos a la Iglesia también fueron objeto de instrucciones dirigidas a quienes ya vivían dentro de ella. Cambia la pregunta: no solo qué hacen los cristianos, sino cómo deben hacerlo, a quién reciben y qué sucede cuando su convivencia se rompe. La Didaché y las cartas de Ignacio de Antioquía permiten entrar en esas dificultades.
No constituyen una etapa posterior a Justino por el hecho de que las leamos después. Nos situamos en el cristianismo de los siglos I y II, con dataciones discutidas y tradiciones que pudieron transmitirse antes de su redacción conservada. El recorrido compara testimonios próximos o anteriores al apologista, no una sucesión demostrada de tres sistemas litúrgicos. Tampoco debemos convertir una instrucción anónima y unas cartas de controversia en documentos del mismo género.
1. Una enseñanza transmitida y unas comunidades interpeladas
Didaché significa enseñanza. Su título vincula la instrucción del Señor con los Doce, pero no demuestra que los apóstoles redactaran juntos el documento. El escrito reúne enseñanza moral, disposiciones bautismales, ayunos, oraciones, reglas para acoger ministros y orientaciones para la vida común. El autor y el lugar exacto de composición no están identificados. Su frecuente vinculación con Siria es una propuesta histórica, no un domicilio escrito al pie de la obra.
Las distintas secciones pueden conservar materiales de edades diferentes. Por eso una fecha atribuida a la compilación no fecha automáticamente cada oración. Tampoco la apariencia sencilla de una fórmula basta para declararla anterior a otra más desarrollada. La brevedad puede responder al uso, al género o a una selección del compilador. Estos problemas de transmisión impiden presentar la Didaché como el misal oficial de una supuesta Iglesia primitiva uniforme.[1]
Con Ignacio encontramos destinatarios nombrados: entre ellos, las Iglesias de Esmirna y Filadelfia, en Asia Menor. Sus cartas presentan a un prisionero que mantiene relaciones con comunidades y delegados mientras se encamina al martirio. Trabajamos con las cartas de la colección conocida como recensión media; existen formas textuales distintas que no deben mezclarse como si todas procedieran sin cambios de la misma pluma. Su datación tradicional a comienzos del siglo II no elimina las discusiones sobre la cronología precisa.
En estos documentos, exhortar a la unidad significa que la unidad necesita ser defendida. No podemos deducir de la insistencia de Ignacio que todos obedecieran pacíficamente; tampoco que cada comunidad viviera en una ruptura permanente. La carta permite conocer el orden que su autor reclama y algunos motivos del conflicto, no medir estadísticamente su aceptación.[2]
2. Aprender a vivir antes de recibir el agua
La instrucción bautismal de la Didaché 7 comienza remitiendo a lo enseñado anteriormente. Los capítulos 1–6 contraponen dos caminos, el de la vida y el de la muerte. Esa enseñanza incluye el amor al prójimo, el uso de los bienes, el dominio de la violencia y la obligación de hacer la paz. El bautismo se inserta así en una formación de la conducta; no aparece como un gesto corporal separado de lo que se aprende y se está llamado a vivir.
El capítulo 7 prefiere el agua viva, habitualmente entendida como agua corriente, pero contempla alternativas. Si no se dispone de ella, admite otra agua; si no puede emplearse fría, permite caliente; finalmente prevé verterla tres veces sobre la cabeza, invocando al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Hay una preferencia ritual y una adaptación a condiciones reales. No sería fiel al documento reducirlo a una sola modalidad y borrar las demás.
La disposición no identifica un río concreto, una estación del año ni un edificio bautismal. Tampoco explica todas las circunstancias comprendidas en cada alternativa. Podemos reconocer que la disponibilidad material importa; no reconstruir, sin otra evidencia, la arquitectura, el clima o el nivel económico de la comunidad. El agua constituye un dato del rito; la escena completa que imaginamos a su alrededor sería una reconstrucción.
Antes del bautismo ayunan quien bautiza, quien va a recibirlo y otras personas que puedan hacerlo. Se prescribe al candidato uno o dos días de ayuno. La comunidad no se limita a observar una incorporación individual: acompaña corporalmente la preparación. El paralelo con Justino es significativo, aunque no demuestra dependencia literaria ni identidad de todos los pasos. En ambos textos, la conversión de uno concierne a otros.[3]
3. El tiempo cotidiano también recibe una forma
La iniciación desemboca en hábitos. La Didaché 8 prescribe ayunar el cuarto día de la semana y el día de preparación, correspondientes al miércoles y al viernes. Contrapone esa práctica a otros ayunos, situados en el segundo y el quinto día. La distinción temporal ayuda a delimitar una identidad comunitaria; no es simplemente una observación sobre nutrición.
El texto llama hipócritas a quienes sirven de contraste. Esa denominación pertenece a su lenguaje polémico. No debemos convertirla en descripción neutral de todo el judaísmo ni trasladarla a los judíos actuales. La identidad precisa del grupo aludido y las relaciones entre las comunidades necesitan investigación; el insulto de una fuente no dispensa al historiador de explicar sus límites.
El mismo capítulo transmite el padrenuestro y prescribe: «Orad así tres veces al día». Documenta una oración repetida que estructura la jornada, pero no señala aquí tres horas exactas ni ofrece el conjunto de salmos, himnos y lecturas de un oficio posterior. Relacionar esta disciplina con la historia de la oración cotidiana es legítimo; identificarla sin más con Laudes, Vísperas y Completas sería anticipar una organización que el pasaje no describe.
La repetición no aparece como enemiga de la comprensión. La comunidad vuelve a pedir pan, perdón y liberación del mal. Su vida ordinaria queda vinculada con la oración aprendida, del mismo modo que el ayuno bautismal implicaba al cuerpo en la conversión. La celebración no se agota en el instante de reunirse ante una mesa.[4]
4. Una copa, un pan y una Iglesia todavía por reunir
Los capítulos 9 y 10 conservan acciones de gracias que no reproducen el vocabulario de una plegaria eucarística romana actual. Primero aparece la copa, vinculada a la santa viña de David conocida por medio de Jesús; después, el pan partido, relacionado con la vida y el conocimiento recibidos por él. La oración pide que la Iglesia sea reunida en el Reino, como lo disperso llega a formar un solo pan.
La imagen no constituye una descripción técnica de la fabricación del pan ni un mapa agrícola. Su función es expresar una unidad solicitada a Dios. La asamblea reunida no se considera ya la totalidad consumada: ora por una Iglesia que debe ser congregada desde los confines de la tierra. Lo local se abre a un horizonte que lo excede.
La admisión a esa comida está vinculada al bautismo en el nombre del Señor. La restricción de 9,5 muestra que el alimento posee un carácter reservado a una pertenencia religiosa. No basta, sin embargo, para reconstruir todo el procedimiento de admisión o cada excepción posible. La norma señala una frontera; no registra todos los casos ocurridos.
El capítulo 10 manda dar gracias después de haberse saciado. Distingue el alimento y la bebida dados a la humanidad de los dones espirituales recibidos por la comunidad, y enlaza el nombre de Dios, el conocimiento, la fe, la inmortalidad y el Reino esperado. Termina permitiendo a los profetas prolongar libremente la acción de gracias: «Permitid que los profetas den las gracias libremente». Encontramos fórmulas transmitidas y un margen reconocido de expresión, no la alternativa simple entre liturgia completamente improvisada y formulario invariable.[5]
5. ¿Ágape o Eucaristía? La dificultad de nuestras categorías
La discusión no nace de que el documento carezca de interés sacramental, sino de que sus indicaciones no encajan cómodamente en distinciones posteriores. Los capítulos 9–10 no transcriben un relato de institución, sitúan la copa antes que el pan y mencionan la saciedad. Al mismo tiempo, llaman eucaristía a la acción, reservan la participación a los bautizados y hablan de alimento espiritual y vida eterna.
Una interpretación ha identificado estas oraciones con un ágape, entendido como comida fraterna diferenciada del sacramento. Su fuerza consiste en tomar en serio la saciedad y las diferencias respecto de otros testimonios; su dificultad es explicar satisfactoriamente el conjunto del lenguaje religioso y de las restricciones de participación. Otra interpretación reconoce una comida eucarística que todavía no se ajusta a la separación posterior entre banquete y rito. Esta permite conservar unidos los datos, pero no debe convertir esa lectura en una reconstrucción detallada de cada momento de la reunión.
También se ha propuesto una comida seguida de una celebración diferenciada. La invitación de 10,6 a acercarse si se es santo ha servido para discutir una posible transición. Pero la secuencia no describe explícitamente todo lo que habría ocurrido después. El orden literario permite formular la pregunta, no fabricar el ceremonial ausente.
Los argumentos tienen autores e historia. En la discusión recogida por Amiel D. Drimbe, Joachim Jeremias rechaza el orden copa-pan como propio de una Eucaristía; Andrew McGowan cuestiona esa exclusión atendiendo a la diversidad antigua. Kurt Niederwimmer concede especial peso a la invitación de 10,6 como comienzo de la comunión. Alan Garrow examina las dificultades de combinar todas las acciones en un solo acontecimiento. Son propuestas de reconstrucción, no cuatro testimonios antiguos independientes; se citan aquí a través del examen bibliográfico de Drimbe, no como libros íntegramente consultados.
El desacuerdo obliga a distinguir dos afirmaciones: que las palabras de institución no estén transcritas en estas oraciones es un hecho textual; que sus destinatarios desconocieran la Cena del Señor es una conclusión mucho más amplia, que ese silencio no demuestra. Tampoco sería correcto insertar esas palabras en el documento porque nuestra celebración actual las contiene. La investigación debe resistir tanto la negación excesiva como la armonización añadida.[6]
6. La reconciliación como condición del sacrificio
El capítulo 14 vincula la reunión del día del Señor con partir el pan y dar gracias. Pide reconocer las faltas y exige que quienes mantienen una disputa se reconcilien antes de reunirse, para no profanar el sacrificio. La referencia a la ofrenda pura de Malaquías proporciona una interpretación bíblica de la asamblea.
El vocabulario sacrificial no es una etiqueta inventada siglos después para este pasaje: está en el texto. Pero tampoco contiene, en forma abreviada, todos los desarrollos que más tarde explicarán la relación entre la cruz y la misa. Debemos reconocer la afirmación antigua sin atribuirle por anticipado las preguntas y distinciones de Trento.
La pureza reclamada no se reduce a la limpieza de un objeto ni a la corrección exterior del gesto. La enemistad entre participantes afecta a lo que la comunidad ofrece. Esto no convierte la reconciliación en sustituto de la acción de gracias; muestra que ambas están vinculadas. El sacrificio no legitima una hostilidad que sus participantes se niegan a reparar.
Ignoramos por estas líneas cómo se expresaba cada confesión, quién la escuchaba y cuánto tiempo exigía resolver una disputa. No estamos ante una descripción completa de la penitencia sacramental posterior. Lo documentado es la exigencia de una vida reconciliada y la posibilidad de excluir temporalmente de la reunión a quien permanece en conflicto.[7]
7. Hospitalidad, dinero y autoridad
Los capítulos 11–13 muestran comunidades atravesadas por visitantes, maestros y profetas. Acogerlos puede ser un servicio religioso, pero también una ocasión de abuso. El escrito no considera suficiente que alguien afirme hablar en el Espíritu: su conducta debe corresponder a lo enseñado. Distingue, además, entre pedir recursos para sí y promover ayuda para personas necesitadas.
Las reglas sobre la duración de las visitas y el sustento no son un registro de huéspedes concretos. Son instrumentos de discernimiento. Revelan la preocupación por no convertir la hospitalidad en un modo de vivir a costa de otros. Al mismo tiempo, el profeta o maestro reconocido puede recibir sustento: no se condena cualquier ayuda material a quien sirve a la comunidad.
El capítulo 15 pide elegir epíscopos y diáconos probados, veraces y libres del amor al dinero. Añade que también desempeñan el servicio atribuido a profetas y maestros y reclama que no sean despreciados. El plural y la relación entre estos grupos deben conservarse. No equivale automáticamente al esquema de un solo obispo rodeado de presbíteros que encontramos en Ignacio.
Se puede investigar aquí un proceso de consolidación de ministerios locales, pero la coexistencia mencionada no demuestra una sustitución completa y simultánea de profetas por obispos en todas las Iglesias. La norma reclama reconocimiento para estos ministros: quienes desempeñan un servicio estable también deben ser honrados. El problema no es únicamente quién pronuncia una oración, sino qué conducta hace confiable su autoridad.[8]
8. Ignacio: qué Cristo se reconoce en la mesa
En Esmirniotas 1–3, Ignacio insiste en la realidad de la carne, el sufrimiento y la resurrección de Jesús. Discute contra una comprensión que reduce su pasión a apariencia. La controversia eucarística de los capítulos 6–7 nace dentro de esa discusión cristológica, no como un debate aislado sobre objetos sagrados.
Según Ignacio, sus adversarios se abstienen de la Eucaristía y de la oración porque no reconocen el alimento eucarístico como la carne del Salvador que sufrió y fue resucitada por el Padre. Es un testimonio inequívoco de su propia confesión y de la acusación que dirige al otro grupo. No poseemos aquí la respuesta de esos adversarios, y el autor evita dar sus nombres. Sería imprudente reconstruir sus doctrinas completas como si hubiéramos conservado un diálogo entre ambas partes.
En el capítulo 6 los acusa también de desatender a viudas, huérfanos, personas oprimidas, hambrientas y sedientas. La conexión entre confesión de Cristo y caridad pertenece a su argumentación. No autoriza a convertir toda acusación polémica en una descripción imparcial de cada adversario, pero sí muestra qué considera incompatible con la vida cristiana.
La consecuencia litúrgica es profunda: la unidad no puede limitarse a compartir un recinto mientras se confiesan comprensiones incompatibles del Señor. Para Ignacio, el Cristo de la mesa es el mismo que verdaderamente padeció. Aun así, su vocabulario no contiene por adelantado todas las categorías filosóficas con que se explicará la presencia eucarística en siglos posteriores.[9]
9. Una Eucaristía y una comunión reconocible
Esmirniotas 8 vincula la celebración al obispo o a quien él haya autorizado. Menciona también presbíteros y diáconos. No afirma, por tanto, que el obispo deba realizar personalmente y sin colaboradores cada acción. Su preocupación es que la celebración pertenezca a la comunión de la Iglesia y no se convierta en iniciativa autónoma de un grupo.
Algunas traducciones emplean palabras como válida o legítima. Es necesario leerlas en el argumento de Ignacio y no trasladar automáticamente al siglo II todas las distinciones canónicas posteriores entre validez y licitud. El pasaje sostiene con fuerza la relación entre autoridad y celebración; no ofrece un tratado jurídico sobre cada situación sacramental imaginable.
Filadelfios 4 concentra el argumento en una serie de correspondencias: una carne del Señor, una copa, un altar y un obispo con el presbiterio y los diáconos. La unidad celebrativa expresa una pertenencia compartida. De esta exhortación no podemos deducir la planta de un edificio, el material del altar o el número exacto de reuniones de cada ciudad.
En Filadelfios 7–8, Ignacio recuerda que su insistencia en obedecer al obispo fue interpretada por algunos como señal de información previa sobre divisiones. Él responde atribuyendo su exhortación al Espíritu. Aquí hay un desacuerdo documentado sobre autoridad y conocimiento del conflicto. No se trata de un litigio judicial ni permite inventar un proceso, unos acusadores identificados o una sentencia. Sus consecuencias comprobables son las exigencias de comunión y reconciliación que la carta formula.[10]
10. Una historia que no cabe en una sola línea
La Didaché, Ignacio y Justino no entregan tres fotografías del mismo lugar. Sus diferencias pueden deberse a comunidades, géneros, propósitos y momentos distintos. No basta ordenarlos por una fecha aproximada para narrar que primero hubo libertad carismática, después autoridad episcopal y finalmente un rito uniforme. Esa secuencia necesita pruebas que los textos, por sí solos, no proporcionan.
La iniciación sirve aquí como hilo conductor: se enseña una vida, se bautiza, se aprende a orar y se entra en una mesa con condiciones de pertenencia. Pero el hilo no absorbe todo lo demás. La hospitalidad, el dinero, los conflictos y la autoridad tienen consistencia propia. También subsisten silencios sobre el canto, los espacios y la experiencia de muchas personas que participaban. Nombrar esos silencios es preferible a llenarlos con una escena edificante.
La aportación común de estos testigos no consiste en un ceremonial idéntico. Consiste en que la celebración compromete una forma de confesar a Cristo y de convivir. La comunión se pide en la oración, se protege mediante normas y se pone a prueba en el trato concreto. La siguiente entrega estudiará otro tipo de fuente: las órdenes eclesiásticas y los problemas de composición y atribución de la llamada Tradición Apostólica.
Fuentes y contexto
El análisis de los documentos antiguos es explicación propia, no una transcripción continua. Se cotejaron las versiones castellanas de Bibliaclerus con las traducciones históricas inglesas de Ante-Nicene Fathers reproducidas por New Advent. Las paráfrasis desarrolladas se apoyan principalmente en estas últimas; los dos breves entrecomillados de la Didaché 8 y 10 reproducen la versión española indicada. No se presenta esta entrega como una edición crítica del griego.
[1] Documento, composición y cronología. Didaché, título y capítulos 1–16: texto español en Bibliaclerus y traducción de M. B. Riddle, Ante-Nicene Fathers, VII, 1886. Para el marco histórico se consultó la introducción accesible de Mark DelCogliano, «Didache» (2025), pp. 73–82, en The Cambridge Edition of Early Christian Writings, no el volumen completo. Expone una redacción compleja, autor desconocido y localización discutida. La datación hacia el año 70 de una de las introducciones de Bibliaclerus no se adopta como certeza. El título apostólico expresa una atribución de autoridad; no identifica doce redactores materiales.
[2] Qué texto de Ignacio se utiliza. Paul Foster, «The Ignatian Problem: The Recensions of a Letter Corpus as a Reflection of Theological Concerns and Developments», en Texts in Context, Peeters, 2021, pp. 5–48, especialmente 7–9 y 14: PDF abierto de la editorial. El estudio examina las recensiones y defiende la prioridad de la colección media de siete cartas, posición ampliamente aceptada pero discutida. Se ha consultado esa discusión, sin transformar la fecha tradicional en un año seguro. Las cartas mismas proporcionan sus destinatarios y el marco de prisión; Esmirniotas 11–13 y Filadelfios 10–11 atestiguan relaciones entre Iglesias y enviados.
[3] Enseñanza y bautismo. Didaché 1–6 y 7,1–4, en las versiones enlazadas en [1]. El pasaje 7 enumera posibilidades de agua e incluye triple efusión y ayuno. Esta evidencia documenta una norma con alternativas, no una estadística de prácticas. No indica una duración completa del aprendizaje ni una arquitectura bautismal. La comparación con Justino se limita a Primera Apología 61, estudiada en la entrega IV.
[4] Semana y oración diaria. Didaché 8,1–3. La numeración de los días permite reconocer miércoles y viernes; 8,3 prescribe tres recitaciones diarias, no tres horas nombradas. «Hipócritas» es una denominación polémica de la fuente. La conclusión sobre una identidad marcada por hábitos es interpretación de estas prescripciones; no presupone que conocemos la identidad exacta de todos sus adversarios ni que representan al judaísmo entero.
[5] Oraciones y pertenencia. Didaché 9,1–5 y 10,1–7. En 9 están el orden copa-pan, la plegaria de reunión y la restricción bautismal; en 10, la saciedad, los dones espirituales, la esperanza del Reino y la libertad reconocida a los profetas. El encabezado inglés «Prayer After Communion» es editorial y no decide la interpretación del capítulo. La versión de Bibliaclerus añade «(de la ágapa)» en 10,1: es una explicación incorporada a la traducción, no un dato independiente que resuelva el debate. El griego reproducido por Drimbe (p. 206) no contiene ese complemento; no se ha realizado colación de manuscritos.
[6] Discusión académica y alcance del acceso. Amiel D. Drimbe, The Church of Antioch and the Eucharistic Traditions (ca. 35–130 CE), tesis doctoral, Middlesex University / Oxford Centre for Mission Studies, 2018, especialmente pp. 205–218: repositorio universitario. La discusión sobre Jeremias y McGowan aparece en p. 213; Garrow y Niederwimmer, en pp. 208–214. Esas posiciones se resumen en castellano desde el examen de Drimbe. No se adopta como consenso su reconstrucción antioquena ni se afirma haber consultado enteras las obras que cita.
[7] Reunión, confesión y ofrenda. Didaché 14,1–3, con la alusión a Mal 1,11. El escrito mismo emplea lenguaje sacrificial y relaciona la pureza con la reconciliación. Esto demuestra la interpretación que propone para su reunión, no todas las precisiones doctrinales posteriores ni una modalidad completa de confesión sacramental.
[8] Sustento y ministros. Didaché 11,1–12; 12,1–5; 13,1–7; 15,1–4. Las normas distinguen acogida, conducta y aprovechamiento económico. El capítulo 15 relaciona el servicio de epíscopos y diáconos con el de profetas y maestros. Se interpreta como problema de reconocimiento, sin afirmar que un grupo hubiera desaparecido ya ni que el esquema sea universal. Las equivalencias modernas de los títulos no se dan por supuestas.
[9] Carne de Cristo y adversarios. Ignacio, Esmirniotas 1–3; 5,3; 6,2–7,2. Versión española en Bibliaclerus; versión inglesa de Alexander Roberts y James Donaldson, Ante-Nicene Fathers, I, 1885. La página española sitúa el comienzo habitual de 7,1 al final de su apartado VI; aquí se mantiene la referencia habitual 7,1. La descripción de los adversarios pertenece a Ignacio, que no da sus nombres. Se diferencia lo que él confiesa de lo que acusa a otros de sostener.
[10] Unidad y autoridad. Ignacio, Esmirniotas 8,1–2 y Filadelfios 4; 7–8. Texto de Filadelfios, traducción inglesa de Roberts y Donaldson, 1885. Las explicaciones castellanas son paráfrasis propias de esos pasajes, no nuevas citas de Ignacio. La polémica de 7 sobre el origen de su exhortación está expresamente narrada; no se presenta como un procedimiento judicial. El sentido de autoridad y celebración debe estudiarse antes de aplicar categorías canónicas posteriores.
Imagen. Cristo en majestad y los cuatro evangelistas, marfil otoniano del siglo XI, realizado en Colonia; The Metropolitan Museum of Art, número 41.100.169, donación George Blumenthal, 1941. Ficha del museo y declaración de dominio público. La placa se encuentra en la cubierta de un leccionario evangélico de finales del siglo XV. Se reutiliza la imagen del archivo parroquial como testimonio posterior de recepción cristiana, no como retrato de Ignacio ni representación arqueológica de una asamblea del siglo II.