SCRIPTORIUM LUCIS · ATRIO
Signa Temporum
Una captura de pantalla puede conservar unas palabras y perder la conversación a la que pertenecían. Un video puede mostrar un gesto y omitir lo sucedido antes. El fragmento llega acompañado de una invitación: indígnese, comparta, condene. Todavía estamos averiguando qué ocurrió cuando ya se nos pide tomar partido.
Conviene distinguir tres cosas: lo que una imagen muestra, la interpretación que hacemos y el juicio que formulamos sobre una persona. Entre ellas hay pasos que deben justificarse. Que alguien aparezca junto a otro no demuestra complicidad. Una frase ofensiva puede constituir una falta grave, pero por sí sola no basta para establecer la intención de quien la pronunció. Y que una acusación confirme nuestras sospechas tampoco la convierte en prueba.
Santo Tomás enseña que la corrección fraterna se ordena a remediar el mal y a buscar el bien de quien ha errado. Distingue, además, la corrección dirigida a la enmienda personal, que es acto de caridad, de aquella que protege a otros y al bien común, que es acto de justicia. ST II-II, q.33, a.1.
Corregir exige atender a la naturaleza y al alcance del daño. Santo Tomás distingue entre faltas públicas y ocultas: las públicas requieren una respuesta que atienda también al bien de quienes las conocen; ante las ocultas, corresponde comenzar por la admonición privada, preservando cuanto sea posible la buena fama. Si existe peligro para otros, puede ser necesario denunciar sin esperar ese paso previo. Aplicado a las redes, esto exige elegir el cauce adecuado y limitar la difusión a lo necesario para remediar el daño. ST II-II, q.33, a.7.
El Evangelio introduce una pregunta incómoda para quien observa: ¿qué ocurre en mi propia mirada? «Primero saca la viga de tu propio ojo, y entonces verás claramente para sacar la paja del ojo de tu hermano» (Mt 7,5). La advertencia exige examinar la hipocresía y la soberbia que pueden deformar nuestra corrección. Santo Tomás recuerda que también quien corrige necesita humildad y conciencia de su propia fragilidad; y advierte que los indicios leves no autorizan a dar por cierta la malicia ajena. ST II-II, q.33, a.5; q.60, a.3.
Esta responsabilidad tiene también una dimensión institucional. En su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2026, León XIV advierte sobre los mecanismos que premian las emociones rápidas y dificultan la reflexión. Reclama que las plataformas atiendan al bien común, pide transparencia a quienes diseñan los sistemas de inteligencia artificial y exige que los contenidos generados o manipulados por estos medios se identifiquen claramente. Custodiar voces y rostros humanos.
El mismo mensaje insiste en la alfabetización mediática, informativa y en inteligencia artificial. Esa formación ayuda a verificar las fuentes, a comprender cómo los algoritmos modelan nuestra percepción de la realidad y a proteger rostros, voces e imágenes frente a usos dañinos o engañosos.
Podemos empezar por una práctica concreta: antes de difundir una acusación, buscar su fuente original y comprobar cuánto sostiene realmente. Si aparecen hechos suficientemente acreditados, corresponde nombrarlos con claridad. Si falta información, corresponde reconocerlo. Y si hemos difundido una falsedad, la rectificación merece una visibilidad proporcionada al daño que ayudamos a producir.
Una comunidad necesita poder denunciar el mal y confiar en la palabra de sus miembros. Ambas cosas requieren paciencia para comprobar, libertad para corregirse y justicia al hablar.
Quien comparte una acusación participa en sus consecuencias.
Scriptorium Lucis — Una página para iluminar lo real.
Pbro. José Octavio Lara Pachón
