agosto 8, 2026

La fe que espera y mueve montes

Exégesis diaria — Methodus Quadrigae Auctae

Sábado 8 de agosto de 2026 · Sábado de la semana XVIII del Tiempo Ordinario (ciclo par, Año II) Memoria de Santo Domingo de Guzmán, presbítero

Lecturas del día (Leccionario de la Misa): – Habacuc 1, 12 – 2, 4 – Salmo responsorial: Sal 9, 8-13 — antífona: «Tú no abandonas, Señor, a los que te buscan» (Sal 9, 11b) – Aclamación al Evangelio: 2 Tim 1, 10 – Evangelio: Mateo 17, 14-20

Jesús acoge al padre que pide por su hijo, inspirado en Mateo 17,14-20

Primera parte — Exégesis según la Quadrigae Auctae

H₀ — Horizonte y prejuicios del lector de hoy

El lector colombiano de 2026 llega a estas lecturas con dos heridas conocidas. La primera: la sospecha de que Dios tarda. Vivimos en una cultura que mide la eficacia en segundos, y la oración que no recibe respuesta inmediata nos parece oración fallida. Habacuc grita «¿hasta cuándo?» y el grito nos resulta demasiado propio. La segunda herida: una idea de la fe como sentimiento o como fuerza de voluntad, casi una potencia psíquica. Si el muchacho no se cura, pensamos, es que «no hubo suficiente fe», como si la fe fuera una dosis. Prejuicio implícito: lo pequeño no sirve. Jesús hablará de un grano de mostaza, y nuestra época, enamorada de lo grande y lo viral, tendrá que agacharse para escucharlo. Reconocer estos prejuicios no es un trámite: es la condición para que el texto nos diga algo que no sea nuestro propio eco.

H — Análisis histórico

Habacuc. El profeta ejerce su ministerio en Judá a finales del siglo VII a. C., probablemente entre 612 y 598, cuando Babilonia sustituye a Asiria como potencia y el reino de Judá se desploma moral y políticamente. El libro tiene forma de disputa: Habacuc se queja de la violencia dentro de su pueblo (cap. 1), Dios responde que suscita a los caldeos como instrumento de juicio, y el profeta replica con una segunda queja: ¿cómo puede Dios servirse de un pueblo aún más injusto para castigar al suyo? Nuestro pasaje (1, 12 – 2, 4) recoge esa segunda queja y la respuesta divina, pronunciada desde la atalaya donde el profeta se instala a esperar. Es uno de los pocos textos proféticos que escenifica la espera misma como acto de fe.

Mateo 17. El episodio ocurre al pie del monte de la Transfiguración, en el tramo final del ministerio galileo, camino de Jerusalén. Jesús baja con Pedro, Santiago y Juan y encuentra a los nueve discípulos rodeados de gente, incapaces de curar a un muchacho que padece lo que la medicina antigua atribuía a la luna. El contraste es deliberado: arriba, la gloria; abajo, el fracaso. Marcos (9, 14-29) conserva la versión más extensa; Lucas (9, 37-43), la más sobria. Mateo, que escribe para una comunidad judeocristiana hacia los años 80, añade la enseñanza sobre la fe como grano de mostaza, que en su Evangelio aparece aquí (cf. Lc 17, 6, en contexto distinto).

G — Análisis gramatical-filológico

En Hab 1, 12 el profeta apela a Dios: YHWH Elohai qedoshí, «Señor, Dios mío, Santo mío». La secuencia hălô’ mîqqedem abre una pregunta retórica: «¿no eres tú desde la eternidad…?». La confesión de la eternidad de Dios funda la protesta: precisamente porque Dios es eterno y santo, su silencio escandaliza. En 1, 13, tahôr ’ênayim, «de ojos puros», es construcción nominal en estado constructo: la pureza de los ojos divinos como imposibilidad de mirar el mal con complicidad.

La respuesta de Dios (2, 2-4) gira sobre dos vocablos. Chazôn, «visión», que debe escribirse en la tabla «para que corra quien la lea»: la visión es pública, legible, no esoterismo. Y el versículo clave, 2, 4b: wetzaddîq be’emûnātô yichyeh — «y el justo, por su fidelidad, vivirá». ’Emûnāh no designa en primer lugar un asentimiento intelectual sino firmeza, estabilidad, fidelidad perseverante (de la raíz ’āman, de donde viene amén). El futuro yichyeh, «vivirá», es yiqtol qal: vida prometida, no mérito adquirido.

En Mt 17, 15 el padre dice selēniázetai: «está lunático», verbo griego derivado de selḗnē, luna; es la terminología popular de la época para la epilepsia, sin implicación doctrinal de Mateo sobre la luna. En el v. 16: ouk ēdynḗthēsan therapeûsai, aoristo pasivo de depósito: «no pudieron curarlo»; el fracaso de los discípulos está en el tiempo verbal, terminado y contundente. En el v. 17, geneà ápistos, «generación incrédula»: ápistos es adjetivo con alfa privativa, ausencia de fe, no fe pequeña. El v. 18: epetímēsen — «lo reprendió», verbo de la tradición de exorcismos — y etherapéuthē ho paîs apò tês hṓras ekeínēs: «el muchacho quedó curado desde aquella hora»; el aoristo pasivo etherapéuthē es un pasivo divino: la curación es acción de Dios, no producto de una técnica ni de un mérito humano. El v. 19 registra la pregunta de los discípulos «en privado» (kat’ idían), típico marco mateano de instrucción reservada: dia tí hēmeîs ouk ēdynḗthēmen ekbaleîn autó? — «¿por qué nosotros no pudimos expulsarlo?». El v. 20 ofrece la respuesta de Jesús: la causa es la poca fe, no la ausencia de una técnica más eficaz; la imagen del grano de mostaza subraya que la eficacia procede de Dios.

R — Análisis retórico

Habacuc construye su queja con el tono de un pleito: preguntas acumuladas (1, 12-13), metáforas del hombre como pez en la red del enemigo (1, 14-17), y luego el gesto teatral de subir a la atalaya (2, 1): el profeta se hace centinela. La respuesta divina invierte la espera: quien esperaba una excusa recibe una misión — escribe la visión. El contraste 2, 4a / 2, 4b (el arrogante cuya alma «no es recta» frente al justo que vive por su fe) es un antítesis de dos destinos, forma sapiencial clásica.

Mateo articula el relato en tres movimientos: súplica del padre de rodillas (v. 14-15), fracaso de los discípulos (v. 16), acción y enseñanza de Jesús (v. 17-19). La súplica es un quiasmo de rodillas y misericordia: «Señor, ten piedad de mi hijo». La exclamación de Jesús — «¡Generación incrédula…! ¿hasta cuándo estaré con vosotros?» — retumba de Dt 32, 5 y vincula al pueblo nuevo con la infidelidad del desierto. El lector atento nota la ironía: los discípulos habían recibido poder de curar (Mt 10, 1) y ahora no pueden. La pregunta «¿por qué nosotros no pudimos?» (v. 19) es la pregunta de toda comunidad cristiana que descubre su impotencia.

S — Análisis semántico

El campo semántico que une ambas lecturas es el de la fe-fidelidad: ’emûnāh en Habacuc, pístis en Mateo. En el hebreo, estabilidad del que se apoya; en el griego neotestamentario, confianza adherida a una persona. Ninguna de las dos es «creer que algo existe»: ambas son una manera de estar agarrados. El salmo responsorial aporta el tercer término: doresháw, «los que te buscan» (Sal 9, 11), participio activo: buscar como hábito, no como urgencia ocasional. Y el verbo de la antífona — «no abandonas», lô’-’āzábtā — es el negativo del abandono total: Dios no suelta. Tres verbos, un solo rostro: buscar, apoyarse, no ser soltado.

Π — Contexto literario y perícopes paralelas

Hab 2, 4 tiene una posteridad inmensa: Pablo lo cita en Rom 1, 17 y Gál 3, 11 como clave de la justificación por la fe, y Heb 10, 38 lo relee en clave de perseverancia. La Carta a los Hebreos entiende la ’emûnāh como la fe que no retrocede; Pablo subraya que la vida del justo procede de la fe y no de la ley. Nuestro texto es, así, una bisagra entre los Testamentos.

El paralelo de Mt 17, 14-20 es Mc 9, 14-29 (con el grito del padre: «Creo, ayuda mi incredulidad», que Mateo omite) y Lc 9, 37-43. Marcos añade el detalle de que «este género solo se expulsa con la oración», ausente de los mejores manuscritos de Mateo; el Leccionario incluye el v. 20 y une así la curación con la enseñanza sobre la fe como grano de mostaza. La Transfiguración inmediatamente anterior (Mt 17, 1-8) marca el tono: la gloria contemplada arriba se prueba abajo, ante el dolor de un niño.

I–IV — Quadriga clásica

I. Sensus litteralis/historicus. Habacuc, angustiado por la injusticia de Judá y por la paradoja de que Dios use a Babilonia, recibe de Dios la orden de escribir la visión y la promesa de que el arrogante perecerá y el justo vivirá por su fidelidad. En el Evangelio, Jesús cura a un muchacho epiléptico cuyo padre había acudido primero, en vano, a los discípulos, y explica en privado el fracaso de éstos.

II. Sensus allegoricus sive christologicus. Hab 2, 4 es profecía de Cristo y del cristiano: la vida — la verdadera, la eterna — nace de la fe, no del desempeño. El justo por antonomasia es Jesús, el fiel que vivió confiando hasta la cruz; en él, los justos viven. El muchacho lunático, arrojado ora al fuego ora al agua, es figura del género humano zarandeado por el mal; solo la venida de Cristo, que baja del monte como bajará del cielo y de la gloria de la Transfiguración, lo libra «desde aquella hora»: la hora de Cristo. La «generación incrédula» es Israel y somos nosotros; la atalaya de Habacuc es la Iglesia que vela en la espera.

III. Sensus tropologicus sive moralis sive ecclesialis. Habacuc enseña el modo cristiano de quejarse: no contra Dios, sino delante de Dios; no en la resignación amarga, sino en la atalaya de la oración perseverante. El padre del muchacho enseña el modo cristiano de pedir: de rodillas, por otro, llamando «Señor» al que no conoce del todo. Los discípulos advierten el modo cristiano de fracasar: haber recibido el poder no garantiza ejercerlo; la fe se gasta si no se alimenta. Y la comunidad aprende que la pregunta honesta — «¿por qué no pudimos?» — hecha en privado al Maestro, ya es principio de curación.

IV. Sensus anagogicus sive eschatologicus. «El justo vivirá»: la promesa apunta más allá de la supervivencia histórica de Judá, a la vida eterna. La visión «tiene su cita» (Hab 2, 3): la historia no es caos sino espera orientada a un cumplimiento, la parusía. La curación «desde aquella hora» prefigura la liberación definitiva, cuando no habrá más llanto ni dolores que subir y bajar como mareas (cf. Ap 21, 4). Mover montes es, en último término, la resurrección: la remoción del obstáculo último, la muerte.

Θ — Teología sistemática

La fe que salva es, en la teología católica, virtud teologal infusa por la cual creemos a Dios y a cuanto Él ha revelado, con el auxilio de la gracia (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 153-155). Tomás de Aquino la define como «acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia» (S. Th. II-II, q. 2, a. 9); y enseña que la fe viva es la formada por la caridad (S. Th. II-II, q. 4, a. 3). La ’emûnāh de Habacuc se acerca a lo que Tomás llama fides caritate formata: no un dato asentido, sino una adherencia perseverante. Sobre la pequeñez de la fe, basta recordar a Tomás: incluso la fe «informe» permanece virtud mientras no se peca contra ella (S. Th. II-II, q. 4, a. 4); cuanto más la fe viva, aunque sea grano de mostaza.

Agustín comenta el episodio del lunático viendo en el padre una imagen de la Iglesia que trae a los enfermos a Cristo (cf. sus sermones sobre los milagros, Sermón 80, sobre los ciegos de Jericó, para la lógica de la súplica intercesora), y en Rom 1, 17 la Escritura misma hace de Hab 2, 4 el fundamento de la justificación: «el justo por la fe vivirá». Jerónimo, en su comentario a Habacuc (PL 25), subraya que la visión debe escribirse «para que corra el lector»: la palabra de Dios no es para atesorarla sino para transmitirla. León Magno, en su sermón sobre la Transfiguración (Sermón 51), advierte que la gloria mostrada en el monte sostiene a los discípulos para el escándalo de la cruz: exactamente la dinámica de nuestro pasaje, donde tras la gloria viene el niño que sufre.

El salmo articula la doctrina de la providencia: Dios «juzga el orbe con justicia» (Sal 9, 9) y no abandona al que lo busca. La aclamación (2 Tim 1, 10) nombra al Salvador que «destruyó la muerte y sacó a la luz la vida incorruptible por el Evangelio»: la curación del muchacho es chispa de esa hoguera.

E — Examen

¿Mi oración se parece a la de Habacuc — queja honesta que espera respuesta — o a un monólogo que no aguarda nada? ¿Cuándo he subido por última vez a la «atalaya», es decir, a un rato de silencio sostenido sin pantalla ni agenda? El padre se arrodilla por su hijo: ¿por quién intercedo yo de rodillas, no solo de memoria? Los discípulos preguntan en privado por qué fracasaron: ¿me dejo interrogar por mis impotencias, o las disimulo con actividad? ¿Trato mi fe como una fuerza que debo producir o como un agarre que debo pedir?

V–VI — Validación y transformación

El texto se valida en la experiencia: todo cristiano que ha orado en la oscuridad y ha seguido orando sabe que Hab 2, 4 es verdadero — se vive, se sobrevive, se florece incluso, por fidelidad y no por claridad. Y todo el que ha visto curaciones imposibles de explicar por técnica pastoral sabe que «esto» no sale por el esfuerzo sino por la fe mendigada. La transformación pedida hoy es concreta y pequeña, como el grano: sostener un cuarto de hora de espera delante de Dios; llevar a Cristo, en intercesión nominal, a una persona enferma de cuerpo o de ánimo; confesar en privado al Maestro un fracaso apostólico sin excusas. Nada heroico. Todo real.

H₀′ — Retorno del horizonte

Volvemos a 2026 con dos correcciones. Frente a la impaciencia: la espera no es ausencia de Dios sino el lugar donde la visión madura; «si tarda, espérala» (Hab 2, 3). Frente a la fe como fuerza: la fe no se mide en volumen sino en autenticidad del agarre; un grano de mostaza basta porque lo que obra no es el grano sino Dios. El lector que entró exigiendo respuestas rápidas sale aprendiendo a ser centinela. El que entró avergonzado de su poca fe sale sabiendo que la poca fe puesta en el Dios verdadero mueve montes, mientras que mucha fe puesta en uno mismo no mueve ni una silla.

La unidad profético-evangélica y Santo Domingo

Habacuc nos da la fe que espera; Mateo, la fe que obra. Entre ambas, el salmo canta al Dios que no abandona a quien lo busca. La liturgia no yuxtapone: teje. El profeta en la atalaya y los discípulos al pie del monte son la misma figura: hombres que contemplan y hombres que fracasan, llamados a que la contemplación sostenga la acción.

Aquí encaja la memoria de Santo Domingo de Guzmán (1170-1221), el castellano de Caleruega que fundó la Orden de Predicadores. Su lema, transmitido por la tradición dominicana, es exactamente la dinámica de este sábado: contemplata aliis tradere, transmitir a los demás lo contemplado. Domingo fue Habacuc antes de ser apóstol: velaba la Escritura, lloraba por los que no creían — «¿qué será de los pecadores?», repetía en sus noches de oración — y de esa atalaya bajó a los caminos de Europa a predicar a los albigenses confundidos y a los muchachos lunáticos de su tiempo: mentes arrojadas ora al fuego ora al agua de las ideologías. Su orden nació mendicante, con la pobreza como forma de fe: fiarse de la Providencia en vez de fiarse de las rentas era vivir Hab 2, 4 en institución. Ochocientos años después, el rosario que la tradición le atribuye sigue siendo eso: contemplación sencilla puesta en manos del pueblo, fe de grano de mostaza rezada entre los dedos.

Segunda parte — Catecismo en formato Q&A

1. ¿Quién fue Habacuc? Profeta de Judá de finales del siglo VII a. C., contemporáneo de Jeremías. Su libro es único porque no predica al pueblo: dialoga con Dios, y lo hace a gritos. La tradición lo representa como el profeta de la espera confiada.

2. ¿Qué significa su nombre? Del hebreo Chăbaqqûq, probablemente «abrazo» o «el que abraza». Algunos lo relacionan con una planta. Los Padres gustaron de ver en él al que abraza a Dios en la oscuridad.

3. ¿Qué es la «atalaya» de Hab 2, 1? Literalmente, el puesto del centinela en la muralla. Proféticamente, el lugar de la oración vigilante: el profeta se instala a «ver qué me responde». Es una de las imágenes fundacionales de la vida contemplativa.

4. ¿Qué quiere decir «el justo vivirá por su fe» (Hab 2, 4)? En su contexto: el judío fiel sobrevivirá al castigo que viene, porque su estabilidad está en Dios. Pablo lo elevó (Rom 1, 17; Gál 3, 11) a principio de la salvación: la vida ante Dios nace de la fe, no de las obras de la ley. Hebreos 10, 38 lo aplica a la perseverancia cristiana.

5. ¿Qué es ’emûnāh? Voz hebrea de la raíz ’āman (de donde «amén»): firmeza, fidelidad, estabilidad. Más que «creer cosas», es «mantenerse agarrado». Traducirla solo por «fe» empobrece el texto; por eso algunas versiones dicen «fidelidad».

6. ¿Por qué se dice «lunático» en el Evangelio? El griego selēniázetai refleja la creencia antigua de que ciertas crisis — hoy llamamos epilepsia — dependían de las fases de la luna (selḗnē). Mateo registra el habla popular del padre; la medicina actual ha desligado el nombre de la luna, pero no ha sanado del todo el estigma: también de eso habla el pasaje.

7. ¿Por qué no pudieron curarlo los discípulos? Jesús lo dice sin anestesia: por su poca fe. Habían recibido el poder (Mt 10, 1), pero el poder recibido no funciona en automático: se ejerce desde la confianza viva en Dios. La tradición de Marcos añade: «este género solo sale con la oración» (Mc 9, 29).

8. ¿Qué es el «pasivo divino»? Recurso gramatical frecuente en la Escritura: el pasivo que evita nombrar a Dios como sujeto por reverencia, pero lo da por supuesto. En etherapéuthē («fue curado», Mt 17, 18), quien cura es Dios actuando en Jesús. No es un «se le concedió la curación»: es Dios en persona, dicho con el pudor de la gramática.

9. ¿Qué es el grano de mostaza? La semilla más pequeña del huerto palestino (Sinapis nigra), proverbial por su contraste: diminuta al sembrarse, arbusto de dos o tres metros al crecer. Jesús la usa dos veces: para el Reino (Mt 13, 31-32) y para la fe (Mt 17, 20). La lección: Dios mide por autenticidad, no por calibre.

10. ¿Es literal eso de mover montes? Es hipérbole semítica con fondo real: expresa que nada hay imposible para quien se apoya en Dios. Isaías ya hablaba de allanar montes (Is 40, 4; 49, 11). Los Padres añadieron: el monte más pesado es el propio pecado, y la fe lo remueve.

11. ¿Qué relación hay entre la Transfiguración y este milagro? Son escenas gemelas. Arriba: la gloria, la nube, la voz; abajo: el niño que se retuerce, el padre angustiado, los discípulos inútiles. León Magno lo enseñó (Sermón 51): la gloria del monte se concede para sostener la fe ante el escándalo. La contemplación ordena a la compasión.

12. ¿Qué aporta el salmo responsorial? Sal 9, 8-13 celebra a Dios como juez justo y «baluarte para el oprimido». La antífona (v. 11b) es el puente del día: «Tú no abandonas, Señor, a los que te buscan». Responde a la queja de Habacuc antes de que el Evangelio la confirme.

13. ¿Por qué la aclamación cita 2 Tim 1, 10? Porque habla de Cristo que «destruyó la muerte e hizo brillar la vida incorruptible por medio del Evangelio». La curación del muchacho es anticipo de esa victoria; el texto paulino da la clave de lectura pascual.

14. ¿Quién fue Santo Domingo de Guzmán? Nacido en Caleruega (Burgos) hacia 1170, canónigo de Osma, fundador en 1216 de la Orden de Predicadores (dominicos), muerto en Bolonia en 1221 y canonizado en 1234 por Gregorio IX. Su carisma: predicar la verdad del Evangelio con el rigor del estudio y la pobreza del mendicante.

15. ¿Qué significa contemplata aliis tradere? «Transmitir a los demás las realidades contempladas». Frase tomada de Tomás de Aquino (S. Th. II-II, q. 188, a. 6), que describe la vida activa que fluye de la contemplación, y adoptada como divisa dominicana. Es el puente exacto entre Habacuc en la atalaya y Jesús que baja del monte a curar.

16. ¿Qué costumbre piadosa se vincula a Santo Domingo? El santo rosario. La tradición atribuye a Domingo su difusión como arma de oración del pueblo: meditar los misterios de Cristo con María, con una estructura que cualquiera puede rezar. Es la contemplación hecha doméstica.

17. ¿Por qué el leccionario incluye Mt 17, 14-20? Porque la pregunta de los discípulos —«¿por qué nosotros no pudimos?»— no queda aislada: Jesús responde que el problema es la poca fe y propone la imagen del grano de mostaza. La eficacia no procede de una técnica ni del tamaño psicológico de la confianza, sino de apoyarse verdaderamente en Dios.

Tercera parte — Síntesis de oración personal (lectio divina)

Señor, aquí estoy, al final de este sábado, con mis dos lecturas a cuestas: la queja de Habacuc y el niño que se retuerce al pie del monte. Las dos me hablan de mí.

Te confieso que me cuesta esperar. Quiero respuestas con fecha de entrega, y tú me hablas de una visión que tiene su cita y llega. Enséñame la atalaya, Señor: ese rincón de silencio donde no se hace otra cosa que aguardarte. Dame la fe de Habacuc, que no es claridad sino agarre; que no exige entenderlo todo, pero no suelta la mano. Cuando miro la injusticia — la de mi país, la de mi casa, la de mi corazón — me dan ganas de conclusiones rápidas. Tú me pides paciencia de centinela. Concédemela.

Y mira, Señor, al muchacho. Yo también subo y bajo: un día fervor, otro día sequedad; ahora en el fuego del celo, ahora en el agua fría del desánimo. Mis padres, mis amigos, han hecho lo que aquel padre: me han traído ante ti de rodillas, quizá sin que yo lo supiera. Hazme capaz de hacer lo mismo por los míos. Dame rodillas de intercesor.

No te pido una fe grande. Te pido una fe verdadera, aunque quepa en la punta de un dedo, como ese grano de mostaza del huerto. Sé que no es el grano el que mueve el monte: eres tú. Lo que te pido es no fingir. Que cuando fracase — y fracaso, como aquellos discípulos que no pudieron — no me excuse ni me disperse, sino que vaya a ti en privado con la pregunta honesta: ¿por qué no pude? Y que aguante tu respuesta.

Domingo de Caleruega, hermano mayor, enséñame tu oficio: velar de noche preguntando qué será de los que sufren, y caminar de día llevando a otros lo que uno ha contemplado. Que mi fe no se quede en la atalaya ni se gaste en el camino: que suba a contemplar y baje a curar.

Tú no abandonas, Señor, a los que te buscan. Eso canta el salmo, y yo lo repito despacio, hasta creérmelo: no abandonas. No me abandones. Amén.

Glossarium Lucis

  • Amén (heb. ’āmēn, de ’āman): «así sea», «firme». Asentimiento que sella la fe; comparte raíz con ’emûnāh.
  • Anagogía (gr. anagōgḗ): el sentido que eleva el texto hacia las realidades últimas: cielo, resurrección, fin de los tiempos.
  • Atalaya (heb. matspēh, Hab 2, 1): puesto del vigía; imagen de la oración que espera la respuesta de Dios.
  • Contemplata aliis tradere (lat.): «transmitir a los demás lo contemplado»; divisa dominicana tomada de S. Th. II-II, q. 188, a. 6.
  • ’Emûnāh (heb.): fidelidad, firmeza, estabilidad del que se apoya en Dios; la «fe» de Hab 2, 4.
  • Exégesis (gr. exḗgēsis): «sacar fuera», interpretación que extrae el sentido del texto sin imponerle el propio.
  • Geneà ápistos (gr.): «generación incrédula» (Mt 17, 17); alfa privativa: no fe pequeña, sino fe ausente.
  • Grano de mostaza (gr. kókkos sinápeōs): la semilla menuda del huerto palestino, proverbial por el contraste entre su tamaño y el arbusto que llega a ser.
  • Lectio divina (lat.): lectura orante de la Escritura en cuatro movimientos tradicionales: lectura, meditación, oración, contemplación.
  • Lunático (gr. selēniázetai, Mt 17, 15): «afectado por la luna»; nombre popular antiguo del epiléptico.
  • Parusía (gr. parousía): «presencia, llegada»; la venida definitiva de Cristo al fin de los tiempos.
  • Pasivo divino (lat. passivum divinum): forma gramatical pasiva que evita nombrar a Dios pero lo supone como autor de la acción, como en etherapéuthē, «fue curado».
  • Perícopa (gr. perikopḗ): «recorte»; unidad literaria de la Escritura apta para ser leída entera.
  • Quadriga (lat.): carro de cuatro caballos; los cuatro sentidos de la Escritura: literal, alegórico, moral y anagógico.
  • Sensus litteralis (lat.): sentido literal, el que los autores sagrados quisieron decir y las palabras transmiten.
  • Yiqtol (heb.): nombre técnico del imperfecto hebreo, forma verbal de lo no acabado: promesa en marcha, como yichyeh, «vivirá».

Sententia Lucis

Fides pusilla, Deo magno innixa, montes movet. — La fe pequeña, apoyada en el Dios grande, mueve montes.

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