Novela inspirada en 2 Reyes 5. La conversación pendiente tras el regreso de Naamán conduce a una nueva petición de la muchacha. Ficción literaria. Scriptorium Lucis. 2 de noviembre de 2026.

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—¿Pudiste saber algo de mi madre?

El servidor bajó la vista hacia sus manos. La muchacha había creído que, después de tantas veces imaginada, la pregunta saldría de otro modo. Le pareció demasiado corta para todo lo que había esperado.

—Pregunté por ella —respondió él—. No me dieron noticias.

Ella miró hacia la entrada. Un hombre pasó llevando algo que no alcanzó a distinguir; durante un instante estuvo segura de que venía a llamarlos. Cuando siguió de largo, tuvo que volver a mirar al servidor.

—¿A quién preguntaste?

Él le habló del hombre que encontró junto a la casa del profeta. Había repetido el nombre del lugar y el de su madre. También había dicho que su hija estaba cautiva. La muchacha lo escuchó sin interrumpir hasta que él dejó de hablar.

—¿Y qué te dijo?

El servidor volvió a darle la respuesta, esta vez con las palabras que recordaba. Aquel hombre no podía decirle nada de ella.

—¿No la conocía?

—Eso no lo sé.

La muchacha apretó una mano contra la otra.

—Si no te dijo nada, sería porque no la conocía.

—Puede ser. No me lo explicó.

Ella apartó los ojos, irritada por aquella manera de detenerse antes de cada respuesta. Había esperado al hombre porque podía traer algo de fuera, y ahora parecía que todo lo que decía servía para dejarla en el mismo lugar. Quiso preguntarle por qué no había insistido. Al levantar la cabeza vio que se sujetaba el hombro con la mano contraria y recordó las cargas que había traído.

—¿Solo hablaste con él?

El servidor tardó un poco más esta vez. Le contó que después había intentado preguntar por los jóvenes para quienes Guejazí decía pedir la plata y la ropa. Esperaba encontrarlos cuando entregaran los bienes, pero no llegó a verlos. Había vuelto junto a Naamán sin hablar con ellos.

La muchacha se inclinó hacia delante.

—¿Eran de mi tierra?

Él mencionó lo que Guejazí había dicho de su procedencia. No añadió que fueran vecinos de su madre ni que conocieran su aldea. Tampoco podía afirmar que hubieran escuchado la pregunta. Ella lo obligó a repetir desde qué momento había empezado a hablarles de su familia, hasta que comprendió que nunca había llegado a hacerlo: había hablado con Guejazí, mientras llevaba la carga, acerca de unos hombres a quienes no había visto.

Entonces se echó hacia atrás.

—Yo pensaba que les habías preguntado a muchos.

El servidor soltó el hombro.

—No te dije que pudiera hacerlo.

La respuesta le dolió por la misma razón que la hacía difícil de discutir. Recordaba lo que él había aceptado antes de partir. Había dicho que preguntaría si encontraba ocasión. Ella había ido añadiendo otras oportunidades durante la espera: una parada, una puerta, alguien que conociera a alguien. Al final había puesto en aquel viaje una búsqueda que el hombre nunca prometió.

—Ya lo sé —dijo.

Lo dijo demasiado deprisa. El servidor guardó silencio, y la muchacha sintió vergüenza de que ahora pareciera que él necesitaba consuelo. No quería tener que explicar que le agradecía el intento antes de poder lamentar su fracaso.

Al otro lado de la entrada alguien volvió a reír. Reconoció la voz de su señora y luego la de Naamán. El regreso continuaba allí, detrás de ellos, y la salud de su señor seguía provocando preguntas que los hombres respondían con gusto.

—No tienes que quedarte —dijo ella.

El servidor hizo ademán de incorporarse. La muchacha lo detuvo con una mano, sin llegar a tocarlo.

—Espera. Quiero saber si recuerdas el nombre.

Él la miró antes de pronunciarlo. Lo dijo despacio, unido al del lugar, como cuando ella se los enseñó. Esta vez no tuvo que corregirlo.

La muchacha oyó el nombre de su madre en aquella voz cansada. No era una noticia. Aun así, pidió que lo repitiera una vez más.

El hombre lo hizo.

Ella asintió y separó las manos. Durante la espera había temido también eso: que los sonidos se perdieran, que el servidor regresara con una equivocación que los dos pudieran tomar por una respuesta. Al menos sabía qué había preguntado. Podía dejar de imaginar a su madre oculta detrás de otro nombre.

—Gracias —dijo, y esta vez no tuvo que apresurarse.

Él empezó a levantarse. La muchacha se puso en pie para darle espacio y vio, más adentro, a su señora buscando con los ojos a alguien que la atendiera. Se inclinó hacia el servidor antes de que volviesen a separarlos.

—¿Sabes quién me trajo aquí?

El hombre quedó a medio movimiento.

—No.

—¿Conoces a alguno de los que fueron?

Él negó con la cabeza. No había reconocido en el relato de ella una partida de hombres a quienes pudiera señalar. La muchacha comenzó a preguntarle si Naamán lo sabría y se detuvo. Aquello también tendría que preguntárselo a quien pudiera responder.

Su señora la llamó. Ella volvió hacia la casa y dejó al hombre descansar.

La mujer le mostró dos recipientes y le indicó adónde debía llevarlos. La muchacha tomó uno. Antes de levantar el segundo, la señora le preguntó si había recibido noticias.

—No —respondió.

La mujer dejó de mirar los recipientes.

—Lo siento.

La muchacha sostuvo el primero contra el cuerpo. Esperó una frase sobre otra ocasión, sobre lo que quizá sucedería después. Su señora no la dijo.

—Quiero preguntarle algo a Naamán.

La mujer miró hacia el lugar donde estaba su marido.

—Ahora está hablando.

—Puedo esperar hasta que termine.

—Acaba de llegar.

La muchacha apoyó otra vez el recipiente. Le preocupó que la mujer creyera que se negaba a llevarlo, y señaló con la mano el lugar al que debía ir.

—Voy a hacer esto. Pero después quiero hablar con él.

Su señora le preguntó qué necesitaba decirle. La muchacha explicó que buscaba a alguien que supiera de los hombres que la habían llevado de su tierra. Al pronunciarlo ante la mujer, la pregunta adquirió una dificultad nueva. Ya no trataba de encontrar a cualquier viajero que conociera una aldea. Tendría que hablar en aquella casa de la manera en que había entrado en ella.

—¿Para qué quieres saber quiénes eran? —preguntó la señora.

—Quizá vieron a mi madre. O saben adónde llevaron a los otros.

La mujer no apartó los ojos de ella. La muchacha recordó a su hermano esperando junto al cuenco y tuvo que resistir el impulso de contar aquella mañana entera, como si la señora necesitara verla para comprender la pregunta.

—No sé si él lo sabrá —dijo la mujer.

—Quiero preguntárselo.

Durante un momento ninguna se movió. Luego la señora tomó el segundo recipiente.

—Lleva ese. Cuando vuelvas, ven a buscarme.

La muchacha obedeció con un cuidado que volvió lentos sus pasos. Se sorprendió mirando lo que llevaba, temiendo derramarlo y que una falta pequeña bastara para aplazar la conversación. Entregó el recipiente, atendió una pregunta sobre dónde estaba el otro y regresó.

Su señora seguía con Naamán. Al verla, terminó lo que estaba diciéndole y la llamó. La muchacha se acercó hasta quedar delante de ambos. Había pasado buena parte del día intentando hablar a solas con un servidor; ahora, ante su señor, le resultaba difícil recordar cómo había empezado aquella conversación.

La mujer le dijo a Naamán que el hombre no había traído noticias de la familia. Él miró a la muchacha.

—¿Qué querías preguntarme?

Ella habría preferido que su señora lo explicara. Ya conocía las palabras y podía pronunciarlas sin que parecieran una exigencia. Pero la mujer aguardaba, y la muchacha comprendió que, si callaba, quizá terminarían hablando de lo que convenía hacer por ella sin llegar a oír lo que pedía.

—Quiero saber quiénes me trajeron.

Naamán no respondió enseguida.

—Los hombres que fueron a mi tierra —añadió ella—. Alguno pudo ver a los míos.

Él volvió los ojos hacia su mujer y después hacia la muchacha. Ella permaneció quieta. No había dicho que él mandara aquella incursión; tampoco sabía si conocía a quienes la habían hecho. Hasta ese momento solo había podido preguntar por su familia a personas que se marchaban. Ahora preguntaba a quien podía escucharla allí.

—¿Recuerdas el nombre del lugar? —dijo Naamán.

La muchacha lo pronunció. Él le pidió que lo repitiera y ella volvió a decirlo, despacio, sin cambiar ninguno de sus sonidos.

Su señora se acercó un poco más.

—¿Conoces a alguien que pueda saberlo? —preguntó a su marido.

Naamán llamó a uno de los hombres que estaban cerca. Cuando llegó, no le ordenó que se llevara a la muchacha ni que la enviara de vuelta al trabajo. Le pidió que escuchara el nombre que iba a decirle y que pensara si sabía quién había regresado de aquel lugar.

Ella comenzó de nuevo.

Esta vez, cuando terminó, esperó la respuesta sin bajar la voz ni retirarse.

Fuentes y contexto

Base bíblica y límite de la ficción

2 Reyes 5,2–3 atestigua la captura de una muchacha israelita y su servicio a la mujer de Naamán. El relato bíblico no cuenta su vida después de esa intervención. Este capítulo, incluidos todos sus diálogos, recuerdos, gestos y acciones, es creación literaria; no ofrece una biografía recuperada ni amplía el texto inspirado.

Continuidad comprobada

El capítulo I dejó un encargo condicionado a la oportunidad de preguntar. En el VIII, el servidor habló con un hombre junto a la casa del profeta y no obtuvo noticias. En el IX intentó acceder a los jóvenes alegados por Guejazí, pero no los vio. El X terminó cuando la muchacha iba a hacer su pregunta. El XI recoge esas acciones y no añade pesquisas al viaje de manera retrospectiva.

Qué sabe cada personaje

La muchacha recibe ahora el relato de lo que el servidor pudo hacer. Ninguno conoce por esta conversación lo sucedido entre Guejazí y Eliseo en 2 Reyes 5,25–27. Los supuestos jóvenes aparecen como parte de la explicación de Guejazí, no como visitantes cuya existencia haya sido verificada.

La incursión y Naamán

La Biblia no atribuye a Naamán personalmente el mando de la partida que capturó a la joven. Preguntarle por quienes pudieron participar es una decisión ficticia de la protagonista, no una acusación histórica. El capítulo tampoco afirma que existiera un registro de cautivos, un procedimiento de búsqueda o un derecho a obtener esa información.

Lo que cambia

La muchacha conoce el resultado limitado del viaje y formula una petición nueva dentro de la casa. Naamán pide a un hombre que escuche el nombre del lugar; ese acto es ficticio y todavía no produce noticias ni una liberación. La familia sigue desaparecida para la protagonista y no se identifica por nombres inventados presentados como datos históricos.

Lectura y locución

El guion de locución comprende el relato íntegro precedido por una identificación breve de la obra como ficción. Las notas documentales se ofrecen para lectura. El texto no fija edad, cronología absoluta, itinerario, diagnóstico médico ni costumbres jurídicas que las fuentes no permitan establecer.

Referencias consultadas

  1. Fuente bíblica primaria. 2 Reyes 5,2–3 y 5,20–27. Edición de la Conferencia Episcopal Española.
  2. Continuidad del capítulo I. Los nombres del camino.
  3. Continuidad del capítulo VIII. La tierra que se lleva.
  4. Continuidad del capítulo IX. El encargo de otro.
  5. Continuidad del capítulo X. La casa del hombre sano.

Capítulo X

XII. La voz de su nombre →

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