Para el domingo 1 de noviembre de 2026 · Solemnidad de Todos los Santos · blanco
Lecturas: Ap 7,2-4.9-14; Sal 24(23),1-2.3-4ab.5-6; 1 Jn 3,1-3; aclamación Mt 11,28; Mt 5,1-12a.
Texto litúrgico: celebración y referencias verificadas en la Conferencia Episcopal de Colombia. Para la proclamación debe usarse el Leccionario autorizado. Por respeto a los derechos de reproducción, esta entrega ofrece las referencias y el acceso a la fuente colombiana; el original griego y la traducción castellana que siguen son material propio de estudio y no sustituyen el texto litúrgico.

La multitud que aprendió la felicidad de Cristo
Clavis. Las bienaventuranzas no describen una élite sin heridas ni convierten el sufrimiento en virtud automática. Jesús proclama la acción del Reino sobre quienes reciben de Dios su vida: pobres ante él, mansos, misericordiosos, limpios de corazón y constructores de paz. La multitud de Todos los Santos muestra que esta felicidad tiene el rostro de Cristo, comienza por gracia en la tierra y culmina viendo a Dios.
Una fiesta de innumerables, no un catálogo de excepciones
La solemnidad reúne las lecturas alrededor de una pregunta decisiva: ¿quién puede vivir delante de Dios? El Apocalipsis responde con una multitud imposible de contar, procedente de todos los pueblos, vestida de blanco ante el Cordero. El salmo habla de manos inocentes y corazón limpio. La Primera carta de Juan no empieza por una hazaña humana, sino por el amor del Padre: ya somos hijos y esperamos verlo tal como es. El Evangelio revela la forma concreta de esa esperanza: las bienaventuranzas.
Los ciento cuarenta y cuatro mil de Ap 7 no deben convertirse en un cupo cerrado que contradiga la escena siguiente. El número simbólico expresa la plenitud del pueblo sellado; inmediatamente Juan contempla una muchedumbre que nadie puede contar. La santidad católica no es un club de personalidades extraordinarias: es la obra pascual del Cordero acogida en incontables vidas, muchas de ellas ocultas.
Jesús sube al monte y abre una escuela de vida
Ἰδὼν δὲ τοὺς ὄχλους ἀνέβη εἰς τὸ ὄρος· καὶ καθίσαντος αὐτοῦ προσῆλθαν αὐτῷ οἱ μαθηταὶ αὐτοῦ· καὶ ἀνοίξας τὸ στόμα αὐτοῦ ἐδίδασκεν αὐτοὺς λέγων·
Idṑn dè toùs óchlous anébē eis tò óros; kaì kathísantos autoû prosêlthan autôi hoi mathētaì autoû; kaì anoíxas tò stóma autoû edídasken autoùs légōn.
Traducción propia de estudio: «Al ver a las multitudes, subió al monte; cuando se sentó, se acercaron a él sus discípulos. Y, abriendo su boca, los enseñaba diciendo…»
La postura sentada corresponde a la enseñanza autorizada. El imperfecto “enseñaba” presenta la palabra que comienza y se despliega. NET Bible observa que “el monte” puede ser una indicación genérica y, a la vez, evocar la subida de Moisés; esta segunda posibilidad es coherente con la composición de Mateo, pero debe permanecer como resonancia, no como identificación geográfica demostrada. Jesús no entrega una técnica de bienestar: anuncia el orden del Reino y forma discípulos delante de la multitud.
La pobreza que abre las manos
Μακάριοι οἱ πτωχοὶ τῷ πνεύματι, ὅτι αὐτῶν ἐστιν ἡ βασιλεία τῶν οὐρανῶν. μακάριοι οἱ πενθοῦντες, ὅτι αὐτοὶ παρακληθήσονται. μακάριοι οἱ πραεῖς, ὅτι αὐτοὶ κληρονομήσουσι τὴν γῆν.
Makárioi hoi ptōchoì tôi pneúmati, hóti autôn estin hē basileía tôn ouranôn. Makárioi hoi penthoûntes, hóti autoì paraklēthḗsontai. Makárioi hoi praeîs, hóti autoì klēronomḗsousin tḕn gên.
Traducción propia de estudio: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra».
La palabra μακάριοι —makárioi— no se limita a una emoción agradable. Declara dichosos a quienes están bajo el cuidado y la promesa de Dios. Tampoco “pobres en el espíritu” significa personas sin vida espiritual. Designa a quienes no se presentan ante Dios como autosuficientes; la tradición bíblica conoce al pobre que espera del Señor porque no puede asegurarse por sí mismo la salvación.
El duelo no queda santificado por el mero hecho de doler. La promesa es el consuelo de Dios, que no banaliza la pérdida. La mansedumbre tampoco es cobardía: renuncia a conquistar la tierra mediante violencia y la recibe como herencia. La página colombiana del Evangelio ordena “mansos” antes de “los que lloran”; el texto griego SBLGNT usado para el estudio sigue el orden inverso. Antiguos testigos transmiten ambos órdenes, sin cambiar el contenido de las bienaventuranzas.
Hambre de justicia, misericordia y corazón indiviso
μακάριοι οἱ πεινῶντες καὶ διψῶντες τὴν δικαιοσύνην, ὅτι αὐτοὶ χορτασθήσονται. μακάριοι οἱ ἐλεήμονες, ὅτι αὐτοὶ ἐλεηθήσονται. μακάριοι οἱ καθαροὶ τῇ καρδίᾳ, ὅτι αὐτοὶ τὸν θεὸν ὄψονται.
Makárioi hoi peinôntes kaì dipsôntes tḕn dikaiosýnēn, hóti autoì chortasthḗsontai. Makárioi hoi eleḗmones, hóti autoì eleēthḗsontai. Makárioi hoi katharoì têi kardíai, hóti autoì tòn theòn ópsontai.
Traducción propia de estudio: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».
La justicia en Mateo no es una abstracción ni únicamente una distribución social, aunque alcanza las relaciones concretas. Es la fidelidad entera a la voluntad de Dios que Jesús desplegará en el Sermón del monte. Tener hambre y sed de ella significa desearla con la urgencia de una necesidad corporal. La promesa no autoriza a imponerla por cualquier medio: Dios sacia una búsqueda que debe conservar la mansedumbre y la misericordia proclamadas a su alrededor.
La misericordia recibida y ofrecida forma una reciprocidad sin comercio. No compramos el perdón siendo compasivos; quien se sabe sostenido por misericordia aprende a no cerrar la puerta al otro. El corazón limpio es un corazón no dividido entre la apariencia religiosa y el deseo oculto de dominar. “Ver a Dios” enlaza el Evangelio con 1 Jn 3,2 y con la vocación última de toda vida humana.
La paz que actúa y la fidelidad que resiste
μακάριοι οἱ εἰρηνοποιοί, ὅτι αὐτοὶ υἱοὶ θεοῦ κληθήσονται. μακάριοι οἱ δεδιωγμένοι ἕνεκεν δικαιοσύνης, ὅτι αὐτῶν ἐστιν ἡ βασιλεία τῶν οὐρανῶν.
Makárioi hoi eirēnopoioí, hóti autoì huioì theoû klēthḗsontai. Makárioi hoi dediōgménoi héneken dikaiosýnēs, hóti autôn estin hē basileía tôn ouranôn.
Traducción propia de estudio: «Bienaventurados los que hacen la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos a causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos».
Los constructores de paz no son simplemente personas de temperamento tranquilo. El término describe una acción: trabajan para que la comunión sea posible. Tampoco toda oposición convierte automáticamente a alguien en bienaventurado. La persecución queda cualificada: ha de ser “a causa de la justicia”. El marco se cierra con la misma promesa del comienzo —“de ellos es el Reino”—, mientras las promesas intermedias miran hacia su cumplimiento futuro. El Reino ya pertenece a quienes acogen a Cristo, aunque su plenitud todavía se espera.
Cuando la promesa se dirige a nosotros
μακάριοί ἐστε ὅταν ὀνειδίσωσιν ὑμᾶς καὶ διώξωσιν καὶ εἴπωσιν πᾶν πονηρὸν καθʼ ὑμῶν ψευδόμενοι ἕνεκεν ἐμοῦ. χαίρετε καὶ ἀγαλλιᾶσθε, ὅτι ὁ μισθὸς ὑμῶν πολὺς ἐν τοῖς οὐρανοῖς· οὕτως γὰρ ἐδίωξαν τοὺς προφήτας τοὺς πρὸ ὑμῶν.
Makárioí este hótan oneidísōsin hymâs kaì diṓxōsin kaì eípōsin pân ponēròn kath’ hymôn pseudómenoi héneken emoû. Chaírete kaì agalliâsthe, hóti ho misthòs hymôn polỳs en toîs ouranoîs; hoútōs gàr edíōxan toùs prophḗtas toùs prò hymôn.
Traducción propia de estudio: «Bienaventurados son ustedes cuando los insulten, los persigan y digan falsamente toda clase de mal contra ustedes por causa mía. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa es grande en los cielos; así persiguieron a los profetas anteriores a ustedes».
El paso de la tercera a la segunda persona acerca la última bienaventuranza al oyente. El motivo ya no se formula solo como justicia, sino “por causa mía”: Jesús ocupa el centro de la fidelidad del discípulo. La precisión “falsamente” es textualmente relevante: NET Bible registra su ausencia en un testigo occidental y algunas versiones antiguas, pero considera secundario el texto más breve. En cualquier caso, el Evangelio no beatifica la hostilidad causada por nuestra propia injusticia.
La alegría no exige negar el daño ni fingir que la persecución es agradable. Nace de pertenecer a Cristo y de estar en la continuidad de los profetas. Los santos no amaron el dolor; amaron a Dios y al prójimo con una libertad que a veces tuvo costo. La promesa impide que el agresor tenga la última palabra.
La Iglesia reconoce en los santos el camino de Cristo
Juan Crisóstomo, en la Homilía 15 sobre Mateo, lee las bienaventuranzas como fundamento de una nueva forma de vida y subraya su progresión. Gregorio de Nisa las contempla como una subida hacia Dios, donde cada peldaño dispone al siguiente. Agustín comienza por la humildad del pobre en espíritu y entiende el Sermón del monte como forma completa de la vida cristiana. Tomás de Aquino, en la Catena Aurea, conserva estas voces como recepción eclesial múltiple; su recopilación no convierte cada glosa en una afirmación personal de Tomás.
El Catecismo sitúa las bienaventuranzas en el centro de la predicación de Jesús y enseña que responden al deseo natural de felicidad, orientándolo hacia el Reino, la visión de Dios y la participación en la vida divina. No son ocho méritos con los que se compra el cielo. Son promesas de Cristo que, recibidas por gracia, toman forma en decisiones reales de pobreza, misericordia, pureza y paz.
En Todos los Santos vemos que Jesús no pronunció una utopía vacía. La multitud de Ap 7 ha atravesado la tribulación y ha lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero: una paradoja pascual, porque la sangre que normalmente mancha aquí purifica. No se salvan por la intensidad de su sufrimiento, sino por el Cordero. La santidad es cristocéntrica antes que heroica.
Síntesis para proclamar en unos noventa segundos
Todos deseamos ser felices, pero Jesús no llama bienaventurado al que ha conseguido controlarlo todo. Declara dichosos a los pobres ante Dios, a los mansos, a quienes lloran y esperan consuelo, a los que tienen hambre de justicia, a los misericordiosos, a los limpios de corazón y a quienes construyen la paz.
No bendice el sufrimiento por sí mismo ni promete éxito social. Anuncia que el Reino ya pertenece a quienes reciben su vida de Dios y que la promesa llegará hasta ver al Padre. Por eso la Primera carta de Juan dice: ya somos hijos, aunque todavía no se ha manifestado lo que seremos.
La multitud de Todos los Santos prueba que las bienaventuranzas no son para una élite. Son el camino de Cristo reproducido por la gracia en personas de toda lengua y condición. Los santos no vencieron porque nunca fueron heridos, sino porque lavaron su vida en el Cordero y dejaron que la misericordia tuviera la última palabra. Hoy la santidad comienza con una acción pequeña pero verdadera: abrir las manos ante Dios y hacer posible la paz para alguien.
Un fruto para la solemnidad
Dejar: la idea de que la santidad es asunto de personas excepcionales y ajenas a nuestra vida.
Comenzar: un gesto concreto de misericordia o reconciliación que exprese una bienaventuranza.
Acercarse: a quien vive duelo, pobreza o exclusión, sin convertir su dolor en lección abstracta.
Decisión: ante un conflicto, elegir el acto que construya una paz verdadera sin ocultar la justicia.
Oración nueva: «Cordero de Dios, imprime en mí la forma de tus bienaventuranzas».
Plazo: realizar hoy el gesto elegido y revisarlo esta noche, sin intentar medir la acción de la gracia.
Oración
Padre santo, tú nos has llamado hijos y nos reúnes desde toda lengua y pueblo ante el Cordero. Haznos pobres para recibirte, mansos para no herir, hambrientos de justicia, misericordiosos, limpios de corazón y artesanos de paz. Sostén a quienes lloran y a quienes padecen por permanecer fieles. Que la comunión de todos los santos ensanche nuestra esperanza hasta el día en que te veamos tal como eres. Amén.
Frase para guardar: «La santidad es la felicidad de Cristo tomando forma, por gracia, en una vida concreta».
Fuentes y notas de estudio
- Conferencia Episcopal de Colombia, Todos los Santos, 1-11-2026: celebración, lecturas y orientación litúrgica.
- Conferencia Episcopal de Colombia, Mt 5,1-12a: texto litúrgico de consulta; no reproducido íntegramente aquí.
- SBL Greek New Testament, Mt 5,1–12; traducción de estudio propia.
- NET Bible, Mt 5,1–12: notas tn, sn y tc consultadas selectivamente y sintetizadas en español.
- Juan Crisóstomo, Homilías sobre Mateo, homilía 15; Gregorio de Nisa, Homilías sobre las bienaventuranzas; Agustín, De sermone Domini in monte, I.
- Tomás de Aquino, Catena Aurea in Matthaeum, cap. 5, como florilegio patrístico.
- Catecismo de la Iglesia Católica, 1716–1729.
Las bienaventuranzas en la memoria de Israel y en Lucas
Jesús habla dentro de la historia de Israel. Isaías 61,1–2 anuncia una buena noticia para los afligidos y el consuelo de quienes están de duelo. Ese horizonte permite comprender la promesa de Mateo: el dolor no es el bien anunciado; el bien es que Dios viene a consolar. La semejanza entre ambos pasajes es textual; reconocer en Jesús su cumplimiento pertenece a la lectura cristiana del conjunto de la Escritura. Véase Is 61,1–2, texto de la USCCB.
La promesa de la tierra a los mansos remite a Sal 37(36),11, correspondencia identificada en la nota de la USCCB a Mt 5,5. No nace, por tanto, de una invitación a imponerse por la fuerza. La misma edición vincula la pobreza ante Dios con la esperanza bíblica de quienes dependen de él. Esto impide separar sin más la confianza espiritual de la vulnerabilidad real de las personas. Son raíces de la expresión, no una prueba de que toda pobreza material produzca automáticamente santidad.
El corazón limpio tiene también una historia de oración: Sal 24(23),3–6 pregunta quién puede acercarse al lugar santo y relaciona manos limpias, corazón puro y búsqueda del rostro de Dios. Mateo 5,8 retoma esa esperanza y promete ver a Dios. La relación entre culto y conducta ya está en el salmo; no sería justo presentar a Israel como si conociera únicamente una limpieza exterior. Véase Sal 24,3–6, texto y notas de la USCCB.
Lucas 6,20–26 ofrece un paralelo indispensable: cuatro bienaventuranzas, seguidas de cuatro advertencias, hablan directamente de pobres, hambrientos, afligidos y rechazados. Mateo explicita la pobreza «en el espíritu» y el hambre «de justicia», e incluye otras bienaventuranzas. Estas diferencias se comprueban leyendo ambos textos. Las reconstrucciones sobre sus fuentes y su composición son hipótesis históricas, no datos que podamos observar directamente. Leerlos juntos evita reducir a Lucas a un programa económico o convertir a Mateo en una espiritualidad indiferente al hambre concreta.
Referencias de este apartado: textos bíblicos y notas de la edición NABRE publicada por la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB), consultados en inglés; explicación propia en español. Estas referencias de estudio no sustituyen el Leccionario colombiano.
Guion completo · Exégesis y Narrativa: El Evangelio Cotidiano
La multitud que aprendió la felicidad de Cristo. Exégesis y Narrativa: El Evangelio Cotidiano. Reflexión para el domingo primero de noviembre de dos mil veintiséis, solemnidad de Todos los Santos.
¿A quién imaginamos cuando hablamos de un santo? Tal vez pensamos en alguien extraordinario, muy lejos de nuestra vida. Las lecturas de esta solemnidad nos invitan a ampliar la mirada. El Apocalipsis presenta una multitud que nadie puede contar, formada por personas de todos los pueblos. La Primera carta de Juan recuerda que ya somos hijos de Dios. Y Jesús, en el Evangelio de Mateo, nos muestra la forma de esa vida: las bienaventuranzas.
Este episodio comenta Mateo, capítulo cinco, versículos uno al doce. No sustituye la proclamación del Evangelio con el Leccionario autorizado. El estudio completo y sus referencias están en el Coro de nuestra página parroquial.
Jesús ve a las multitudes, sube al monte y se sienta. Sus discípulos se acercan y él comienza a enseñar. No ofrece una técnica para sentirse bien en cualquier circunstancia. Anuncia el Reino de Dios y forma una manera de vivir. La montaña puede recordar a Moisés; es una resonancia posible del relato, no una identificación geográfica demostrada.
La palabra que se repite es makárioi. Significa dichosos o bienaventurados. No se limita a describir una emoción agradable. Jesús declara dichosos a quienes están bajo el cuidado y la promesa de Dios, incluso cuando su situación parece decir lo contrario.
Comienza por los pobres en el espíritu. No se refiere a personas sin vida espiritual, sino a quienes no se presentan ante Dios como si pudieran salvarse solos. Reciben la vida como un don. La tradición bíblica conoce esa pobreza que espera en el Señor porque no puede asegurarlo todo por sus propias fuerzas.
Después escuchamos la promesa del consuelo para quienes lloran. Jesús no dice que perder a alguien sea bueno, ni que el dolor nos haga santos automáticamente. La bienaventuranza anuncia que Dios no abandona a quienes sufren. Por eso, acercarnos a una persona en duelo no consiste en explicarle rápidamente para qué sirve su tristeza. Consiste también en acompañarla sin banalizar su pérdida.
Los mansos reciben la tierra como herencia. La mansedumbre no es cobardía. Renuncia a la violencia como camino de dominio. No se trata de conquistar a los demás, sino de recibir y cuidar. El estudio de nuestra página explica que algunos textos antiguos presentan en distinto orden a los mansos y a quienes lloran. Esa diferencia no cambia el contenido de las promesas.
Jesús habla también de hambre y sed de justicia. Son palabras que conocemos en el cuerpo: cuando tenemos hambre, el alimento no es un adorno. Así de profunda es esta búsqueda. En Mateo, la justicia es fidelidad a la voluntad de Dios y alcanza nuestras relaciones concretas. No podemos buscarla olvidando la misericordia y la mansedumbre que aparecen a su lado.
Los misericordiosos recibirán misericordia. Esto no es un intercambio comercial con Dios. No compramos su perdón mediante buenas acciones. Quien reconoce que ha sido sostenido por la misericordia aprende a no cerrar la puerta al otro.
Los limpios de corazón verán a Dios. No hablamos solamente de una apariencia religiosa correcta. Se trata de un corazón que no esté dividido entre lo que muestra y el deseo oculto de dominar. Esta promesa se encuentra con la esperanza de la Primera carta de Juan: somos hijos y esperamos verlo tal como es.
Los que construyen la paz serán llamados hijos de Dios. Construir es una acción. La paz no consiste únicamente en tener un temperamento tranquilo, ni en evitar toda conversación difícil. Nos pide trabajar para que la comunión sea posible, sin esconder la injusticia.
También son dichosos los perseguidos a causa de la justicia. La precisión importa: no toda oposición demuestra que tengamos razón. El Evangelio no bendice la hostilidad que provocamos con nuestra propia injusticia. Al final, Jesús se dirige directamente a sus oyentes y habla de quienes padecen por causa suya. La fidelidad a Cristo está en el centro de la promesa.
¿Cómo entender la alegría en medio de una persecución? No exige negar el daño ni fingir que el sufrimiento es agradable. Nace de pertenecer a Cristo. Los santos no amaron el dolor por sí mismo; amaron a Dios y al prójimo, y esa fidelidad pudo tener un costo. El agresor no tiene la última palabra.
La primera y la última de estas bienaventuranzas comparten la promesa del Reino de los cielos. Las promesas intermedias miran hacia un cumplimiento que todavía esperamos. Hay un don presente y una plenitud futura. La vida cristiana no empieza únicamente después de la muerte, pero tampoco ha llegado ya a su término.
La Iglesia ha meditado estas palabras durante siglos. Agustín destaca la humildad del pobre en espíritu. Gregorio de Nisa contempla un camino de subida hacia Dios. Juan Crisóstomo reconoce una forma nueva de vida. El Catecismo sitúa las bienaventuranzas en el centro de la predicación de Jesús y las relaciona con nuestro deseo de felicidad.
No son méritos con los que compramos el cielo. Son promesas que, recibidas por gracia, toman forma en decisiones reales. La multitud del Apocalipsis está ante el Cordero: su salvación viene de Cristo, no de haber acumulado sufrimientos ni de haberse construido una imagen impecable.
Para esta solemnidad podemos elegir un gesto concreto: acompañar a quien llora, practicar una misericordia que hemos pospuesto o abrir una posibilidad de reconciliación. No hace falta convertir la santidad en una hazaña lejana. Podemos empezar por el bien verdadero que hoy está a nuestro alcance.
Oremos. Padre santo, nos has llamado hijos y nos reúnes ante el Cordero. Haznos pobres para recibirte, mansos para no herir, hambrientos de justicia, misericordiosos, limpios de corazón y artesanos de paz. Sostén a quienes lloran y a quienes padecen por permanecer fieles. Ensancha nuestra esperanza hasta el día en que te veamos tal como eres. Amén.
Pbro. José Octavio Lara Pachón



