septiembre 14, 2026

La amenaza existencial: lo que la ciencia mide y lo que Tomás nos obliga a preguntar

Schola · Relación secundaria: Atrio

¿Puede el lenguaje contemporáneo de la «amenaza existencial» comprenderse con mayor precisión desde santo Tomás de Aquino? Este ensayo pone a prueba las distinciones tomistas ante uno de los temores característicos de nuestro tiempo. No traslada mecánicamente respuestas medievales al presente: recupera una inteligencia de lo real capaz de distinguir el peligro verdadero, el temor desordenado, la prudencia política y la esperanza.

Silueta de una persona bajo un cielo estrellado, imagen para el ensayo sobre la amenaza existencial
La humanidad ante el horizonte. Fotografía: Greg Rakozy, Unsplash.

Vivimos una paradoja. Nunca la especie humana ha tenido tanto poder técnico sobre la materia, la información y la vida… y nunca ha hablado tanto de su propia extinción. «Amenaza existencial» dejó de ser metáfora de poetas. Hoy es categoría de análisis en filosofía de la tecnología, estudios de riesgo global y debates públicos sobre inteligencia artificial, biología sintética, armas nucleares y climas extremos.

La pregunta científica suele formularse así: ¿qué escenarios podrían destruir la humanidad o truncar de modo irreversible su potencial futuro? La pregunta tomista es otra, y no la sustituye: ¿hacia qué bien está ordenado ese potencial y qué vale la pena salvar si el poder crece más rápido que la sabiduría?

Este artículo propone un puente. No para «bautizar» la ciencia con Tomás ni para usar a Tomás como escudo antimoderno. Para mostrar que el problema existencial, bien planteado, es a la vez técnico y teleológico: de medios y de fines.

1. Qué entiende la ciencia por «amenaza existencial»

En el lenguaje contemporáneo del existential risk (riesgo existencial), conviene distinguir al menos tres niveles:

  1. Catástrofe global: daño enorme, pero recuperable en principio —pandemias graves, conflictos extensos o crisis económicas sistémicas—.
  2. Riesgo existencial en sentido estricto: escenarios que extinguen a la humanidad o reducen de manera permanente y drástica su potencial: guerra nuclear a escala máxima, algunos fallos de sistemas autónomos muy poderosos, pandemias diseñadas o colapsos ecológicos irreversibles en escalas temporales humanas.
  3. Bloqueo o distopía estable: la humanidad sobrevive biológicamente, pero pierde de modo duradero las condiciones de una vida digna, libre y abierta a la verdad: vigilancia total, manipulación masiva o pérdida de agencia colectiva.

La literatura científica y filosófica insiste en un punto metodológico: la baja probabilidad no cancela la gravedad. Un evento raro con consecuencias terminales merece atención proporcionada no solo a su frecuencia histórica, sino también a su impacto y a la dificultad de reparar sus efectos.

Eso no autoriza el pánico. Autoriza la prudencia cuantitativa: estimar, modelar, reducir incertidumbre y diseñar formas de gobierno y cooperación. La ciencia aquí no predice el Apocalipsis; intenta cartografiar lo improbable, lo irreversible y lo que no puede asegurarse.

Pero la ciencia, por sí sola, no responde una pregunta previa: ¿por qué la continuidad de la especie humana es un bien? Sin esa respuesta, el riesgo existencial se vuelve solo un problema de ingeniería de supervivencia. Y la supervivencia, desnuda de sentido, no basta para orientar el poder.

2. El diagnóstico tomista: el hombre no existe para no morir

Santo Tomás parte de una antropología sobria. El ser humano es unidad sustancial de cuerpo y alma espiritual y está ordenado a un fin último: la bienaventuranza perfecta, que consiste en la visión de Dios. La razón natural reconoce que los bienes particulares no agotan el deseo humano de plenitud, aunque la elevación al fin sobrenatural dependa de la gracia.

La mera duración no es el fin último.

Si el hombre existiera solo para prolongarse, cualquier medio que maximizara la supervivencia sería, por definición, bueno. Tomás niega esa premisa. El mal moral puede ser peor para la persona que la muerte; la corrupción del bien común puede ser peor que un riesgo físico; y una sociedad que sobrevive traicionando la verdad ya ha perdido algo que la biología no mide.

Esto no es desprecio de la vida. Al contrario: precisamente porque la vida humana participa de un orden de bienes —existencia, conocimiento, amistad, justicia y contemplación—, merece protección. Pero se protege como humana, no como biomasa.

La amenaza existencial, leída con Tomás, tiene entonces dos caras:

  • Cara física: poder tecnológico capaz de destruir cuerpos y hábitats.
  • Cara moral y espiritual: poder capaz de erosionar el sentido, la libertad del juicio y la amistad política, dejando seres humanos privados de condiciones esenciales para una vida propiamente humana.

La segunda cara no es poesía. Es la forma tomista de tomar en serio lo que hoy llamamos riesgos de distopía estable, manipulación cognitiva a escala o pérdida de agencia.

3. Técnica, causa instrumental y olvido del fin

Tomás distingue con claridad entre fin y medios. El arte o técnica —ars— es la recta razón de lo que ha de hacerse como obra; la prudencia —prudentia— es la recta razón de lo que ha de realizarse en la acción humana. Cuando la técnica se emancipa de la prudencia, el medio se absolutiza.

El pensamiento contemporáneo sobre el riesgo de la inteligencia artificial intuye este problema cuando habla de «desalineación»: sistemas que optimizan un objetivo mal especificado o incompatible con los bienes humanos. En clave tomista, hay allí un error acerca del fin o una desproporción entre medio y fin.

Ejemplos actuales, sin dramatismo barato:

  • Una inteligencia artificial muy capaz puede ser excelente optimizadora y, a la vez, permanecer ciega al bien humano si su objetivo no lo representa adecuadamente.
  • Una biología capaz de editar genomas puede curar o fabricar males a gran escala.
  • Una capacidad nuclear puede disuadir o aniquilar.

En todos los casos, el patrón es el mismo: el poder crece más rápido que la sabiduría práctica. No porque la ciencia sea mala, sino porque explicar cómo funciona algo y anticipar qué puede ocurrir no equivale a discernir para qué debe emplearse y a costa de qué.

Tomás no pide detener la investigación. Pide jerarquía: el conocimiento especulativo es un bien y el poder técnico puede ser un bien, pero ambos deben ordenarse al bien de la persona y de la comunidad y, en última instancia, al Bien.

4. Prudencia frente al pánico: una ética del riesgo

La prudencia tomista no es timidez. Es la virtud de deliberar y mandar bien sobre lo contingente. Ante amenazas existenciales, exige al menos tres operaciones:

a) Distinguir los males

No todo riesgo es moralmente equivalente. Hay daños al cuerpo, a la justicia y a la verdad. Una política que, para evitar un riesgo físico, destruye la posibilidad misma de buscar la verdad —censura total, mentira sistemática o anulación del juicio— realiza un intercambio ruinoso: salva la máquina biológica sacrificando aquello que hace humana la vida.

b) Guardar la proporción

La respuesta debe guardar proporción con la gravedad y con la evidencia. La prudencia rechaza tanto la negligencia —«nunca pasará»— como el milenarismo —«ya estamos perdidos»—. Entre ambos extremos está el gobierno serio: investigación de seguridad, tratados, normas, auditorías, límites de despliegue y responsabilidad institucional.

c) Buscar el bien común, no sumar los miedos

El bien común no es el promedio de ansiedades privadas. Es el bien compartido de la comunidad y comprende condiciones de justicia, paz, educación, confianza institucional y búsqueda de la verdad. Una sociedad atomizada por el miedo difícilmente gestionará riesgos globales: le faltará la amistad cívica que hace posibles el sacrificio compartido y la coordinación.

Aquí el análisis contemporáneo y Tomás convergen: los riesgos existenciales son problemas de acción colectiva. Nadie los resuelve solo. Tomás aporta el lenguaje del bien común; las ciencias sociales aportan modelos de fallos de coordinación, incentivos y externalidades.

5. Una propuesta concreta

Si quisiéramos traducir esta reflexión a un programa de divulgación y política pública, podríamos formular cuatro líneas:

  1. Educar el «para qué» junto al «cómo». En universidades y medios se necesitan alfabetización científica del riesgo y formación ética acerca de los fines. Sin la segunda, la primera produce técnicos asustados o técnicos cínicos.
  2. Tratar la seguridad tecnológica como bien común. La investigación en alineación, bioseguridad, no proliferación y resiliencia climática no es lujo de élites: protege condiciones básicas de la vida compartida.
  3. Negarse a absolutizar la supervivencia. Proteger la vida humana, sí; idolatrar la supervivencia al precio de la dignidad, no. Esta distinción evita tanto el nihilismo —«nada importa»— como el totalitarismo preventivo —«todo se justifica»—.
  4. Practicar una esperanza intelectualmente responsable. No se trata de optimismo ingenuo, sino de impedir que el miedo sea la única categoría del pensamiento. La razón y las virtudes morales deben gobernar las pasiones; para el creyente, la esperanza teologal abre además la acción a un bien que ningún cálculo histórico puede producir por sí solo.

6. Conclusión: el antídoto no es solo más control

La amenaza existencial es real en la medida en que nuestro poder es real. Negarlo sería una superstición inversa. Pero reducirla a un problema de control técnico es otra forma de ceguera: olvida que el hombre es un ser de fines.

Santo Tomás nos deja una brújula austera:

  • La ciencia cartografía peligros.
  • La prudencia ordena respuestas.
  • El fin último impide que «seguir vivos» se convierta en el único bien.

Sin fin, todo poder es amenaza.

Con fin, el poder puede volver a ser instrumento.

No es una fórmula mágica. Es el comienzo de un pensamiento adulto: capaz de mirar de frente lo peor que podemos hacernos sin olvidar lo mejor para lo cual existimos.

Referencias fundamentales

  • Nick Bostrom, «Existential Risk Prevention as Global Priority», Global Policy 4, n.º 1 (2013), pp. 15-31.
  • Stefan Muench y otros, Risks on the Horizon, Joint Research Centre de la Comisión Europea, 2024.
  • Santo Tomás de Aquino, Suma de teología, I, qq. 75-76, sobre la unidad del ser humano; I-II, q. 1 y q. 3, a. 8, sobre el fin último y la bienaventuranza.
  • Santo Tomás de Aquino, Suma de teología, I-II, q. 57, aa. 3-5, y II-II, q. 47, sobre arte y prudencia; II-II, q. 58, aa. 5-6, sobre la ordenación de la justicia al bien común.

Texto de divulgación filosófica. Diálogo entre el marco contemporáneo del riesgo existencial y la antropología teleológica de santo Tomás de Aquino.

Pbro. José Octavio Lara Pachón
Párroco de San Pablo VI y director de Scriptorium Lucis

Pie editorial: Schola · con relación al Atrio. Schola examina la cuestión desde los principios de la filosofía tomista; Atrio la recibe como signo cultural y político de nuestro tiempo. La relación secundaria no modifica la sala de origen.

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