«¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?»
Lc 6, 41
Donaires de oído
El evangelio de este viernes de la vigésima tercera semana del Tiempo Ordinario pone en boca de Jesús una pregunta que el traductor litúrgico vierte con dos verbos castellanos que aquí funcionan casi como sinónimos, pero cuyas resonancias permiten oír una diferencia fecunda: fijarse y reparar. Conviene oírlos despacio, porque el griego de Lucas también usa dos verbos distintos, y la distancia que el castellano deja percibir entre ambos ilumina el lugar donde vive la hipocresía.
Lucas escribe: ti de blepeis to karphos to en tō ophthalmō tou adelphou sou, tēn de dokon tēn en tō idiō ophthalmō ou katanoeis. El primer verbo es blepeis, presente de indicativo activo, segunda persona del singular de blepō, el verbo más elemental de la vista: mirar, tener los ojos puestos en algo. Su objeto directo es to karphos, acusativo neutro singular, la brizna seca, la pajita que se desprende de la paja o de la madera; la mota. El segundo verbo es katanoeis, presente de indicativo activo, segunda persona del singular de katanoeō, compuesto de kata y noeō, con el sentido de advertir, considerar atentamente, caer en la cuenta. Su objeto es tēn dokon, acusativo femenino singular, la viga maestra, el madero que sostiene un techo. Y la partícula ou lo niega en seco. La construcción es un quiasmo de sentido: atención agudísima para lo diminuto ajeno, examen apagado ante lo enorme propio. No falla simplemente la vista; falla el examen de sí.
La Vulgata conservó la asimetría con finura: quid autem vides festucam in oculo fratris tui, trabem autem quae in oculo tuo est non consideras. Vides frente a consideras. Y consideras se relaciona tradicionalmente con con- y sidus, sideris, «astro, constelación»: como quien no se limita a mirar el cielo, sino que lo escudriña. La imagen etimológica es sugestiva —aunque su reconstrucción exacta se discute— y encaja con el matiz del verbo: mirar de cerca, examinar, ponderar.
Fijarse viene de fijar, y fijar del latín medieval fixare, derivado de fixus, participio de figere, «clavar, hincar». En este donaire, quien se fija clava la mirada como quien clava una estaca. Es un verbo de puntería: elige un blanco y se queda en él. Por eso resulta tan apto para la mota del prójimo, que es pequeña, precisa y ajena; la mirada se fija en ella con la comodidad con que el dedo señala.
Reparar viene del latín reparare, de re- y parare: preparar de nuevo, restaurar, poner otra vez en su sitio. Ese es el sentido primero que registra el Diccionario de la lengua española: arreglar lo roto, enmendar, desagraviar. En el español clásico ya se documenta reparar en algo con el sentido de notarlo, advertirlo o considerarlo; el verbo también puede significar detenerse o hacer alto. En este juego verbal, reparar no evoca solo la mirada, sino el entendimiento que se detiene para atender; y ese es precisamente el matiz que aquí deja oír katanoeō.
Y aquí está el donaire, porque el verbo castellano guarda en una sola palabra los dos movimientos que Jesús exige en orden. Primero hay que reparar en la viga, advertirla, detenerse ante ella; y solo después se puede reparar la viga, es decir, sacarla, corregir el daño, restaurar el ojo. El versículo 42 ordena: ekbale prōton tēn dokon ek tou ophthalmou sou, «saca primero la viga de tu ojo». Al final aparece diablepseis, futuro de indicativo activo, segunda persona del singular, de diablepō: «verás con claridad». El que ha reparado en su viga y la ha reparado ya no usa la mota del hermano como blanco de puntería: la ve como motivo de un gesto delicado, ekbalein to karphos, sacarla con la mano que sabe lo que cuesta.
Que el hipócrita se fije y no repare no es, entonces, una simple torpeza óptica, sino una decisión moral. Uno puede pasarse la vida fijándose, con los ojos clavados en lo ajeno, y no reparar nunca, ni en el sentido de advertir ni en el de arreglar. La primera lectura de hoy lo dice desde el otro lado, con la imagen del atleta: Pablo corre ouk adēlōs, no sin rumbo, y combate ouch hōs aera derōn, no como quien golpea el aire, sino que disciplina su propio cuerpo para no quedar descalificado después de haber predicado a otros. Es el mismo orden: primero la viga propia, después la mota ajena. Primero reparar; luego, si acaso, fijarse.
José Octavio Lara Pachón, Pbro.
