En un solo Dios: una confesión que ordena la vida · Cada palabra del Credo II

SCRIPTORIUM LUCIS · CADA PALABRA DEL CREDO · II

25 de octubre de 2026 · Lectura meditada y documentada del Credo niceno-constantinopolitano.

Relieve medieval de marfil: Cristo en majestad rodeado por los cuatro evangelistas y sus símbolos.
Cristo en majestad y los cuatro evangelistas. Colonia, siglo XI; marfil otoniano. The Metropolitan Museum of Art, 41.100.169, donación George Blumenthal, 1941. Imagen de dominio público del archivo parroquial. Testimonio artístico medieval de la fe cristiana, no representación histórica de los concilios. Ficha de la obra.

Decimos «Creo en un solo Dios» y continuamos hacia el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Si escuchamos deprisa, puede parecernos que la primera afirmación entra en conflicto con las siguientes. ¿Por qué hablamos de tres Personas después de confesar un solo Dios? ¿Qué significa esa unidad para alguien que trabaja, cuida una familia y vive entre obligaciones que reclaman toda su atención?

La palabra «en» prolonga lo que descubrimos en la primera entrega: la fe implica una adhesión personal. No nos limitamos a admitir que existe una realidad superior; dirigimos nuestra confianza hacia Dios. Al añadir «un solo», confesamos que ninguna criatura puede ocupar su lugar. El Catecismo sitúa esta confesión en continuidad con la revelación recibida por Israel y explica que reconocer a Jesucristo y al Espíritu Santo no divide a Dios en varias divinidades (200–202).

Una confesión que empieza por escuchar

En Deuteronomio 6,4–9, la confesión de la unidad de Dios está unida al amor y a la transmisión de la fe. El pasaje pertenece al discurso de Moisés dirigido a Israel y comienza convocando al pueblo a escuchar. Las palabras deberán guardarse en el corazón, comunicarse a los hijos y acompañar la vida doméstica y el camino. Su horizonte abarca generaciones y situaciones cotidianas: aprender quién es Dios transforma la manera de habitar el mundo.

El amor pedido compromete la totalidad de la persona. No consiste en reservar para Dios una pequeña zona junto a otros intereses absolutos. La confesión exige coherencia, aunque esa coherencia se aprenda lentamente. Al presentar el pasaje como palabra dirigida a Israel, respetamos su lugar propio en la Escritura. La lectura cristiana lo recibe; no necesita convertir a sus primeros destinatarios en cristianos anteriores a Cristo.

Marcos 12,28–34 muestra a Jesús respondiendo a un escriba que pregunta por el primer mandamiento. Jesús retoma la confesión de Israel y vincula el amor a Dios con el amor al prójimo. El escriba comprende la importancia de esa respuesta y reconoce que tal amor vale más que los sacrificios. Jesús aprecia su inteligencia. La escena contiene una conversación fecunda dentro del mundo judío, no una oposición simple entre una religión del amor y otra supuestamente incapaz de conocerlo.

Por eso, cuando el cristiano pronuncia esta parte del Credo, tiene motivos para la gratitud y no para la superioridad. El Vaticano II recuerda en Nostra aetate, 4, los vínculos de la Iglesia con los patriarcas, Moisés y los profetas, así como la permanencia del amor de Dios hacia el pueblo judío. La confesión cristiana no autoriza a despreciar la historia de la que recibió las Escrituras.

Un solo Dios y un solo Señor

En la primera carta a los Corintios, Pablo trata una dificultad concreta: las comidas relacionadas con sacrificios a los ídolos. En ese contexto afirma la unicidad de Dios y confiesa al Padre como origen de todo y a Jesucristo como aquel por quien todo existe (1 Co 8,4–6). La confesión de Cristo aparece dentro de la fidelidad al único Dios. El texto no distribuye el universo entre dos poderes rivales ni presenta a Jesús como otro dios agregado al Padre.

La argumentación, sin embargo, no termina en una fórmula. Pablo considera la conciencia de otros miembros de la comunidad y advierte que una libertad ejercida sin atención al hermano puede dañarlo. Quien conoce una verdad debe preguntarse cómo la vive junto a los demás. En esta carta, la precisión de la fe y el cuidado de las personas forman parte de una misma responsabilidad.

Este contexto ayuda a evitar una lectura del Credo como contraseña para demostrar que pertenecemos al grupo correcto. Su contenido merece ser entendido y confesado, pero comprenderlo no nos dispensa de tratar con delicadeza a quien necesita aprender. Una respuesta verdadera puede comunicarse de tal manera que cierre la conversación; también puede ofrecerse con paciencia, permitiendo que el otro formule su dificultad sin sentirse humillado.

La unidad de Dios no significa soledad

La Iglesia profesa la Trinidad sin repartir la divinidad en tres partes. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son tres seres que se asocian para formar un dios colectivo. Tampoco son simples nombres de un único personaje que cambia de apariencia. El Catecismo explica esta distinción en los números 253–255: una única naturaleza divina y Personas realmente distintas por sus relaciones.

No podemos deducir toda esta enseñanza de la palabra «uno» del Deuteronomio. El mismo Catecismo, 237, señala que el misterio trinitario no era accesible a la fe de Israel antes de la Encarnación del Hijo y del envío del Espíritu. La Iglesia lee el Antiguo Testamento a la luz de Cristo; reconocer esa lectura posterior impide atribuir a cada texto antiguo toda la formulación doctrinal alcanzada después.

También conviene respetar las fechas. Nicea, en 325, y Constantinopla, en 381, pertenecen a una historia de controversias y precisiones. El símbolo niceno-constantinopolitano se localiza en el número 150 del Denzinger. Su unidad se aprecia al leerlo entero: comienza confesando al único Dios, proclama al Hijo y reconoce al Espíritu como Señor. La Comisión Teológica Internacional, en su estudio de 2025 sobre Nicea, invita a escuchar esa confesión como anuncio de salvación y alabanza, no solamente como solución terminológica.

Un testigo de Jerusalén

Cirilo de Jerusalén dedicó su sexta catequesis a la unidad de Dios. En el siglo IV preparaba a sus oyentes para la vida cristiana. En los apartados 7 y 12–13 rechaza tanto la multiplicación de divinidades como la idea de dos principios divinos, uno bueno y otro malo. Su lenguaje polémico pertenece a ese contexto y no debe repetirse sin discernimiento para describir a nuestros interlocutores actuales.

El punto doctrinal sigue siendo importante: el mal no es un dios enfrentado a otro dios. Eso no resuelve por sí solo todas las preguntas sobre el sufrimiento. Ante una persona herida, sería cruel presentar una distinción correcta como si bastara para explicar su dolor. La confesión permite rechazar una respuesta equivocada; el acompañamiento exige además escucha, ayuda y humildad ante lo que no sabemos.

Lo que esta palabra cambia en la vida

Podemos examinar nuestra vida sin llamar ídolo a todo lo que nos importa. El trabajo, el afecto, la salud y la seguridad son bienes reales. La pregunta aparece cuando alguno de ellos exige que sacrifiquemos cualquier otra responsabilidad: mentir para conservar una reputación, abandonar a una persona para proteger una comodidad, aceptar una injusticia porque favorece nuestros intereses. Estos ejemplos son una aplicación pastoral, no una explicación exhaustiva de las situaciones humanas.

Confesar a Dios invita a poner esos bienes en relación, a reconocer sus límites y a buscar decisiones justas. También permite agradecer sin apropiarnos de todo y pedir ayuda sin avergonzarnos de ser criaturas. El Catecismo, 222–227, relaciona esta fe con el agradecimiento, la dignidad compartida de los seres humanos, el uso recto de lo creado y la confianza.

Antes de la próxima profesión del Credo, podríamos detenernos en una decisión pendiente. ¿Qué estoy protegiendo? ¿A quién afecta? ¿He convertido un bien legítimo en una exigencia que ya no admite ninguna corrección? La pregunta no sustituye el consejo prudente ni las obligaciones concretas; nos ayuda a presentarnos ante Dios con mayor verdad.

Oración. Dios de nuestros padres, Padre de Jesucristo, recibe nuestra confianza. Enséñanos a reconocer tus dones sin convertirlos en dueños de nuestra vida. Líbranos del desprecio hacia quienes creen de otra manera y de la dureza hacia quienes preguntan. Que tu Espíritu nos enseñe a confesarte con inteligencia y a servir al prójimo con un corazón indiviso. Amén.

Fuentes y contexto

La exposición y la oración son elaboración propia. No se han inventado palabras de personajes antiguos. Las referencias identifican los pasajes consultados; el comentario pastoral se distingue de la descripción histórica.

  1. Deuteronomio 6,4–9. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Se resume la relación textual entre confesión, amor, memoria y transmisión. No se propone aquí una fecha de composición ni se resuelve la discusión histórica sobre el desarrollo del monoteísmo israelita.
  2. Marcos 12,28–34. Texto bíblico de la CEE. La valoración positiva del escriba y la respuesta de Jesús pertenecen al relato. La advertencia contra presentar el judaísmo como religión sin amor es una consecuencia interpretativa explícita, no una cita del evangelista.
  3. 1 Corintios 8,1–13, especialmente 4–6 y 9–13. Texto español en la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos. El pasaje documenta la confesión paulina en el debate sobre alimentos e ídolos. No contiene todavía la terminología conciliar posterior; esa distinción se conserva en el comentario.
  4. Catecismo de la Iglesia Católica, 200–202 y 222–227. Confesión del único Dios y consecuencias para la vida. Para Trinidad, límites de una lectura retrospectiva y distinción de Personas: 237 y 253–255. Son referencias de la enseñanza católica actual, no testimonios contemporáneos de Moisés o Pablo.
  5. Concilio Vaticano II, Nostra aetate, 4 (1965). Texto oficial español. Fundamenta el reconocimiento del patrimonio recibido de Israel y el rechazo del desprecio religioso.
  6. Símbolo de Constantinopla, Denzinger 150. Reproducción francesa de la edición de 1996 en Bibliaclerus. Se consultó el n.º 150, no todos los documentos de la página. Para su recepción teológica: Comisión Teológica Internacional, Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador (2025), introducción, 1–3. Este estudio no se presenta como acta antigua ni como nueva definición conciliar.
  7. Cirilo de Jerusalén, Catequesis VI, 7 y 12–13. Traducción inglesa de E. H. Gifford, NPNF, segunda serie, vol. 7 (1894). Se ofrece una paráfrasis castellana de los argumentos, no traducción literal ni cotejo del griego. Su testimonio procede de la catequesis jerosolimitana del siglo IV y contiene una representación polémica de sus adversarios: no basta por sí solo para reconstruir imparcialmente sus doctrinas.

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