El Evangelio de hoy contiene una pequeña escena sobre el conocimiento. Todos ven; todos se admiran; Jesús habla; los discípulos oyen las palabras y, sin embargo, no comprenden. Entre la sensación y la inteligencia se abre una distancia.
La escena
Lucas sitúa la palabra de Jesús precisamente cuando la multitud está maravillada por sus obras. Entonces llega una orden especialmente intensa: «Pongan ustedes estas palabras en sus oídos». No basta contemplar lo extraordinario. Hay algo que debe ser recibido, conservado y finalmente comprendido.
Maestro, ¿admirarse no es ya comprender?
Discípulo. Si la multitud ha visto una obra extraordinaria y está admirada, ¿no ha comenzado ya a conocer?
Maestro. Sí. La admiración puede ser el comienzo. Aristóteles hizo célebre la relación entre el asombro y el deseo de saber. Pero un comienzo no es todavía una llegada. Podemos quedar fascinados por un fenómeno y equivocarnos acerca de lo que significa.
De los sentidos al entendimiento
En una perspectiva tomista, nuestro conocimiento humano comienza en los sentidos. No pensamos normalmente al margen de la experiencia sensible. Pero conocer intelectualmente no consiste en fotografiar interiormente lo que hemos visto: la inteligencia busca qué es la cosa, sus relaciones, su sentido y su verdad.
La escena de Lucas permite observar ese tránsito casi en vivo. La multitud recibe el signo sensible de la grandeza de Jesús. Pero Jesús conduce a los discípulos más allá de la impresión: deben escuchar una palabra que contradice sus expectativas, la entrega del Hijo del hombre.
«Pongan estas palabras en sus oídos»
La expresión tiene una fuerza casi corporal. La palabra debe entrar. El oído se convierte en umbral entre exterior e interior. Sin embargo, Lucas añade inmediatamente que ellos no entendían. Oír físicamente y comprender no son idénticos.
Discípulo. ¿Entonces la incomprensión es un fracaso?
Maestro. No necesariamente. Hay una incomprensión que cierra la puerta y otra que reconoce que todavía no sabe. Esta última puede transformarse en pregunta. El problema de los discípulos es que, además de no comprender, temen preguntar.
El lugar de la pregunta
Aquí aparece la lámpara del copista. Una buena pregunta no es enemiga de la fe. Puede ser una forma de fidelidad a lo escuchado: no abandonar la palabra difícil, no sustituirla inmediatamente por lo que ya creemos saber, permanecer ante ella hasta que pueda mostrarnos algo nuevo.
La investigación intelectual tiene una disciplina semejante. Primero atender. Después distinguir lo visto de lo interpretado. Luego preguntar. Contrastar. Volver al texto. Corregirse. Solo entonces formular una conclusión proporcional a la evidencia.
Una pequeña regla del Scriptorium
No confundir impresión con comprensión. Lo llamativo merece atención; no merece automáticamente asentimiento. La admiración abre los ojos. La pregunta mantiene abierta la inteligencia. La verdad exige todavía escucha, examen y, cuando sea necesario, corrección.
Para hoy
Ante una noticia, una imagen, una afirmación religiosa o una idea que nos deslumbra, podemos preguntar: ¿qué he visto realmente?, ¿qué estoy suponiendo?, ¿qué dice exactamente el texto?, ¿qué necesitaría saber para comprender mejor?
Oración del copista
Señor, libra mi inteligencia de la prisa por creer que ya ha comprendido. Dame ojos capaces de admirarse, oídos capaces de recibir la palabra y humildad para preguntar cuando todavía no entiendo. Que el asombro no termine en espectáculo, sino que se vuelva escucha. Amén.
Textos en diálogo: Lc 9,43b–45; la tradición filosófica sobre la admiración como comienzo de la búsqueda; y la comprensión tomista del conocimiento humano que comienza en los sentidos y se ordena a la intelección.

