Memoria viva · Archivo

5 de octubre de 2026 · 4–5 minutos de lectura

Pbro. José Octavio Lara Pachón

Libros sobre una mesa, imagen contemporánea que acompaña esta lectura de san Agustín.
Fotografía: Olya P / Unsplash · Licencia Unsplash.
Imagen ilustrativa contemporánea; no representa un manuscrito ni un episodio de la vida de Agustín.

Imaginemos esta escena: una persona sale de misa, mira el teléfono y encuentra dos mensajes.

Uno pide compañía para una cita; el otro recuerda una ayuda que ella prometió hace semanas.

Tiene trabajo, familia y una tarde ya ocupada.

No está ante una elección entre bondad y maldad perfectamente separadas.

Está ante una pregunta más incómoda: ¿cómo cuidar de verdad cuando no se puede llegar a todo?

La escena es un ejemplo, no el relato de una experiencia del autor.

Sirve para entrar en una página antigua que conserva una dificultad muy nuestra.

San Agustín, en el primer libro de De doctrina christiana, examina el amor a Dios y al prójimo como orientación de la lectura de la Escritura.

En el capítulo 28 reconoce algo sencillo: nadie puede prestar ayuda concreta a todos.

Por eso concede especial atención a quienes las circunstancias de lugar, tiempo u ocasión han puesto más cerca de nosotros.

Conviene leer despacio esta distinción.

Agustín no está repartiendo dignidades humanas ni declarando que los desconocidos valen menos.

Distingue la amplitud del amor y la posibilidad limitada de realizar determinados servicios.

La finitud es real: una persona dispone de unas horas, unos recursos y unas capacidades.

Reconocerla no exige cerrar el corazón, pero sí elegir con responsabilidad lo que realmente puede hacerse.

Dos capítulos después, el mismo libro vuelve a la pregunta por el prójimo.

Agustín lee la parábola del samaritano y afirma la extensión del mandamiento a todo ser humano.

Incluye incluso al enemigo, al relacionar esa lectura con el mandato evangélico de amarlo.

Por tanto, la cercanía de las circunstancias no puede convertirse en una frontera que excluya por principio al que pertenece a otro pueblo o grupo.

Quien hoy no estaba en mi círculo puede encontrarse mañana ante mi puerta.

Estas afirmaciones pertenecen al texto documentado de Agustín.

La propuesta que sigue es una aplicación nuestra: entre la fantasía de salvar a todos y la comodidad de no hacerse cargo de nadie, hace falta aprender una atención proporcionada.

No basta preguntar cuánto puedo dar; también importa escuchar qué ayuda necesita la persona y si desea recibirla.

A veces será tiempo; otras, una orientación concreta o la búsqueda consentida de alguien que sepa acompañar mejor.

El Coro de hoy permite probar esa propuesta sin forzar la parábola.

Lucas cuenta que el samaritano atiende al herido y, al día siguiente, encarga al posadero que continúe el cuidado.

Hay iniciativa personal y hay colaboración.

El relato no ofrece un reglamento completo para organizar la asistencia, pero impide reducir la misericordia al instante emocionante del encuentro.

El cuidado necesita alguna forma de continuidad.

En Cali–Jamundí podemos traducir esta pregunta a situaciones ordinarias sin inventar servicios ni atribuirnos ayudas que no constan.

Una visita acordada, la lectura compartida de una información difícil o la compañía solicitada para una gestión pueden ser gestos posibles.

Su valor no depende de anunciar que vamos a resolver toda la vida de alguien.

Depende también de cumplir lo convenido y de respetar su libertad y su intimidad.

Surge una objeción razonable: ¿no permite hablar de límites para justificar cualquier omisión?

Sí, si el límite se invoca antes de mirar y escuchar.

Por eso esta lectura no dispensa del examen de conciencia: pregunta si de verdad no puedo ayudar, si puedo hacerlo de otra manera o si he convertido la incomodidad en imposibilidad.

La respuesta tampoco debe nacer de una culpa que promete lo imposible y abandona después.

La enseñanza cristiana sobre la gracia añade una precisión: no compramos el amor de Dios mediante servicios.

La gracia puede, sin embargo, sostener una cooperación libre y efectiva.

El Catecismo 2008–2011 mantiene unidas esa prioridad del don y la realidad de nuestra respuesta.

La misericordia no necesita presentarse como hazaña para ser verdadera.

¿A quién tengo delante y qué cuidado puedo sostener sin prometer lo que no haré?

Señor, danos ojos atentos, palabras honestas y constancia para cumplir el bien que hoy podemos ofrecer.

Enséñanos también a pedir ayuda y a recibirla.

Amén.

Gesto realizable: elige una atención pendiente, conversa con la persona y acuerda una acción concreta y una fecha posible.

No publiques su nombre ni su necesidad.

Cumplir ese pequeño acuerdo será una manera de continuar la lectura.

Fuentes y distinciones

[D] San Agustín, De doctrina christiana I,28,29 e I,30,31–33: límites de la ayuda concreta, circunstancias de proximidad y amplitud del mandamiento.

Se consulta la traducción inglesa publicada en New Advent; la exposición española es propia y no se presenta como cita literal.

[D] Lucas 10,25–37: el cuidado y su continuación en los versículos 34–35.

[D] Catecismo de la Iglesia Católica, 2008–2011: gracia inicial y cooperación.

[I] La relación entre esas fuentes y nuestros límites se desarrolla como interpretación; [P] la escena inicial y los gestos para Cali–Jamundí son ejemplos y propuestas, no servicios realizados.

Volver al Coro · Hacerse prójimo: cercanía, tiempo y cuidado · Archivo de la jornada

Sala principal: Archivo · Relaciones: Coro y Biblioteca · Serie: Memoria viva · Código MV-20261005 · Versión 1.0 · Jornada: 5-10-2026 · Publicación anticipada: noche del 4-10-2026 · Estado: publicado.
Autoría: Pbro. José Octavio Lara Pachón.

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