Scriptorium Lucis · Archivo · Memoria viva
17 de septiembre de 2026
Pbro. José Octavio Lara Pachón · Parroquia San Pablo VI

Recordar a un santo puede quedarse en una sucesión de fechas, cargos y virtudes. También puede convertirse en una pregunta que nos alcance: ¿qué hacemos con los dones que hemos recibido?
Hoy esa pregunta adopta una forma particular: ¿para qué queremos saber? ¿Para comprender mejor, para imponernos a los demás o para aprender a servir?
Hildegarda de Bingen: una mirada que reúne lo que solemos separar
Hildegarda nació en 1098, en la región alemana de Renania, y murió en 1179. Fue religiosa benedictina y superiora de una comunidad. Su vida no transcurrió solamente entre libros y experiencias interiores: también tuvo que organizar la convivencia, acompañar a sus hermanas y afrontar las responsabilidades de una fundación monástica. La mujer que contemplaba debía atender, al mismo tiempo, las necesidades de personas concretas. [1]
Su obra más conocida, Scivias, cuyo título significa «Conoce los caminos», presenta mediante visiones simbólicas una comprensión cristiana de la historia de la salvación. No conviene leerla como una colección de predicciones sobre acontecimientos futuros. Sus imágenes quieren ayudar a comprender la creación, el pecado, la Encarnación y la vida de la Iglesia. Su lenguaje es distinto del de un tratado escolar, pero sus preguntas son profundamente teológicas. [2]
Una imagen puede pensar, aunque no piense del mismo modo que una definición. Una puerta, una luz o un árbol pueden expresar relaciones que una explicación abstracta desarrolla mediante conceptos. Por eso, acercarse a Hildegarda exige aprender a leer símbolos, sin convertirlos en fantasías arbitrarias.
También compuso música y escribió sobre la naturaleza y el cuidado del cuerpo. Esa amplitud no debe ocultar el centro de su pensamiento: la relación entre Dios, el ser humano y la creación. En la carta que la proclamó doctora de la Iglesia, Benedicto XVI destacó precisamente la unidad entre su enseñanza y su vida, alimentada por la Escritura, la liturgia y la regla benedictina. [3]
No sería justo reducirla a una autora de remedios antiguos ni convertirla, sin más, en portavoz de nuestras preocupaciones actuales. Es una mujer del siglo XII, y comprenderla supone respetar esa distancia. Su interés para nosotros puede formularse así: la vida espiritual no tiene por qué empobrecer la curiosidad, la creatividad ni la atención al mundo.
Hay, además, un detalle importante. Hildegarda no consideró que la intensidad de su experiencia bastara para garantizar su verdad. Buscó discernimiento y acudió a san Bernardo de Claraval; posteriormente recibió el respaldo del papa Eugenio III para comunicar sus visiones. En su trayectoria, la experiencia interior estuvo acompañada por la consulta y el examen. [1]
La pregunta que podemos recoger de ella es sencilla: ¿sé someter a discernimiento aquello que me entusiasma, o considero verdadero todo lo que siento con fuerza?
Roberto Belarmino: comprender la fe para poder explicarla
Roberto Belarmino nació en Montepulciano en 1542 y murió en Roma en 1621. Fue jesuita, profesor, cardenal y arzobispo de Capua. Su actividad intelectual se desarrolló en una época marcada por las controversias entre católicos y protestantes. No eran discusiones menores: estaban en juego la interpretación de la Escritura, la autoridad de la Iglesia y la comprensión de la vida cristiana. [4]
Su gran obra, las Controversias, procuró exponer los fundamentos de la doctrina católica recurriendo a la Biblia y a los Padres de la Iglesia. Pero el mismo autor que trabajó en cuestiones difíciles escribió también una Doctrina cristiana breve. En su trayectoria aparecen, por tanto, dos tareas que no deberían enfrentarse: investigar con profundidad y enseñar de manera comprensible. [5] [4]
Aquí cabe una aplicación para nuestra vida parroquial: explicar con sencillez no es pensar superficialmente. La claridad requiere haber comprendido qué es esencial y qué necesita una explicación adicional. Un tecnicismo puede ser necesario; también puede convertirse en el escondite de una idea mal entendida.
Belarmino no redujo su ministerio a la controversia. En Capua se ocupó de la formación del clero y de los pobres. Sus escritos espirituales, como El arte de morir bien, situaban las decisiones de cada día ante el horizonte de la vida entera. La cuestión no era solamente qué afirmamos, sino cómo vivimos. [5]
En El gemido de la paloma, cuya imagen representa a la Iglesia, reclamó una reforma personal concreta a clérigos y fieles. Benedicto XVI subrayó este rasgo: para Belarmino, la renovación eclesial no podía prescindir de la conversión del corazón. [4]
La pregunta que podemos recoger de él sería esta: ¿mi formación me ayuda a servir mejor o solamente me proporciona más recursos para tener la última palabra?
Dos maestros, no dos moldes idénticos
Belarmino fue proclamado doctor de la Iglesia en 1931; Hildegarda, en 2012. Ese reconocimiento no borra sus diferencias: sus obras muestran caminos distintos de comprensión y expresión de la fe. En ella adquieren especial relieve la visión simbólica y la creación artística; en él, la exposición doctrinal, la controversia y la catequesis. [5] [3]
Leídos juntos, nos permiten proponer una enseñanza: no tenemos que elegir entre pensar y orar, ni entre estudiar y atender a las personas. Lo que debemos examinar es la relación que establecemos entre esas tareas.
El conocimiento se vuelve servicio cuando ayuda a otro a comprender, a orientarse y a vivir.
Una luz desde el Evangelio de hoy
El Evangelio ferial de este jueves presenta a Jesús en casa de Simón y a una mujer que se acerca a él con lágrimas y perfume. La parábola de los dos deudores introduce la relación entre el perdón recibido y el amor agradecido. Simón necesita aprender a mirar de otra manera a la mujer que tiene delante. [6]
Desde ese relato podemos releer estas dos vidas sin forzar su relación: conocer muchas cosas sobre Dios no nos dispensa de aprender a reconocer su misericordia.
Esta podría ser nuestra pregunta al terminar el día: ¿lo que sé me está ayudando a mirar mejor a las personas?
Oración propuesta
Señor, danos una inteligencia humilde y un corazón atento. Que no usemos la verdad para humillar ni la sencillez como excusa para no aprender. Enséñanos a estudiar con paciencia, a discernir con libertad y a poner nuestros dones al servicio de los demás. Amén.
En diálogo con el Coro del día:
¿Ves a esta mujer? · La misericordia nos enseña a mirar.
Fuentes para profundizar
[1] Benedicto XVI, Audiencia general sobre santa Hildegarda de Bingen, 1 de septiembre de 2010.
[2] Benedicto XVI, Audiencia general sobre santa Hildegarda de Bingen, 8 de septiembre de 2010.
[3] Benedicto XVI, Carta apostólica que proclama a santa Hildegarda doctora de la Iglesia, 7 de octubre de 2012, especialmente nn. 1, 3 y 7.
[4] Benedicto XVI, Audiencia general sobre san Roberto Belarmino, 23 de febrero de 2011.
[5] Vatican News, San Roberto Belarmino, cardenal, obispo y doctor de la Iglesia.
[6] Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, Lecturas del jueves 17 de septiembre de 2026: Lc 7,36-50.
Las preguntas, aplicaciones pastorales y la oración son una elaboración editorial; no son citas textuales de los santos.

